Menú Portada
No me moverán

Zapatero y el “Pacto del Pardo”

Agosto 31, 2010

Muchos historiadores dudan de la existencia formal del “Pacto del Pardo” entre Cánovas y Sagasta, conservadores y liberales, en la Restauración. Pero ninguno duda de que el periodo más estable de la política española del siglo XIX funcionó como si se hubiera firmado.
En virtud de este pacto, el primer ministro de la Monarquía, si consideraba que su proyecto estaba agotado, proponía al Rey que nombrase a la oposición. Además, se convocaban elecciones, en una democracia censitaria y manipulada, para hacer unas Cortes a la medida del Gobierno. Así se mantuvo una estabilidad política de la que fue ajena el resto del siglo y se contuvo a los elementos desestabilizadores del sistema: el carlismo montaraz y el anarquismo izquierdista.
El sistema funcionó gracias Alfonso XII, el mejor Borbón del XIX, y sus dos políticos protagonistas. Cuando desapareció el Rey por enfermedad y Cánovas asesinado por un anarquista italiano, el sistema hizo aguas.
Ahora la situación no es la misma. El Rey no nombra al Presidente del Gobierno, es el Congreso de los Diputados, elegido democráticamente. El Rey sólo sanciona.
Aferrado al poder
Pero durante las primeras Legislaturas pareció funcionar una especie de “Pacto del Pardo”. Leopoldo Calvo Sotelo convocó elecciones anticipadas en 1982, porque creyó que el proyecto centrista de Gobierno estaba acabado. Podría haberse empeñado en continuar, pero la debilidad parlamentaria de UCD y su propia convicción le llevaron a dejar el poder por el bien de la nación. Lo mismo hizo Felipe González en su tercera Legislatura. No lo vio Aznar, pese a las manifestaciones en la calle en contra de su política en Irak, pero sí los electores. Tampoco lo está reconociendo Rodríguez Zapatero, pese a las encuestas y su evidente soledad parlamentaria.
En contra de lo que han hecho los políticos-estadistas, el actual Presidente se aferra al poder. Para eso tendrá -o tendría-, que pactar los Presupuestos de 2011 con los rescoldos carlistas reconvertidos al nacionalismo (PNV y el catalanismo disfrazado de republicano), porque ahora no hay izquierda anarquista. Con ello puede poner en riesgo el sistema que ha durado cuarenta y un años, la democracia más duradera y fructífera de nuestra Historia.
Si queremos mantener esta democracia los políticos deben saber cuándo su programa se agotó, convocar elecciones y dejar que decida el pueblo soberano. Parece que Rodríguez Zapatero dijo en la Comisión Delegada de Asuntos Económicos: “Presupuesto o elecciones anticipadas”. Por el bien de todos, incluyendo el PSOE, la respuesta es evidente. Incluso aunque los carlistones le presten la soga para que el sistema se ahorque. Ante el suicidio institucional: elecciones.

José Ramón Pin Arboledas es Profesor del IESE. Director del Executive MBA Madrid