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¡Qué fuerte!

¿Y si el discapacitado fueras tú?

Mayo 22, 2014

Lucía tiene diez años y no es una niña normal. Ella es especial porque nació con una delección del cromosoma 5P-, una enfermedad conocida como el “maullido del gato” porque estos niños emiten un sonido similar. Lucía tiene muy desarrollada esta enfermedad, tanto, que tiene una discapacidad reconocida del 83%. Lucía no habla, apenas puede moverse y menos aún caminar, por eso, para desplazarse necesita una silla de ruedas y alguien que la lleve. Su retraso psicomotor y sus malformaciones hacen de ella una niña rara. Y digo rara porque la enfermedad que padece está dentro del triste llamado grupo de enfermedades raras que, por darse pocos casos, las califican como tal y son escasos, por no decir nulos, los medios, tanto materiales como económicos, que se dedican a investigarlas. A pesar de todo esto, Lucía es un ser humano y como tal hay que tratarla, no con igualdad, no como a los demás porque no es como los demás, sino con una atención especial porque la vida ha querido que ella sea especial.

Coacción, humillación y vejación
 
En noviembre del año pasado, Lucía iba a terapia con su monitora voluntaria de la Fundación Síndrome 5P- y, como cada miércoles, esperaban el autobús de la Línea 5 de la EMT de Madrid. Cuando llegó el autobús, el conductor, con malas maneras pero, sobre todo, con peor fondo, se negó a bajar la rampa para que Lucía pudiera acceder con su silla de ruedas empujada por su monitora y no las dejó subir. El hecho se denunció ante la justicia y el maldito conductor ha sido condenado. En la sentencia se recogen palabras como coacción, humillación y vejación. Justo lo que sufrió la pequeña Lucía ese día por parte de una mala persona. La sanción es de veinte días a razón de 12 euros por día de multa. Ciertamente es una pena esta sanción.
En casos como estos en los que un tipo desagradable, malo, sin sentimientos y desgraciado se comporta de manera humillante y vejatoria con un discapacitado, la condena tendría que ser obligarlos a compartir con estos discapacitados unos días, vivir con ellos sus limitaciones del día a día para que tipejos así se den cuenta de lo afortunados que son en la vida al tener su salud y la de los que le rodean intacta. Una condena que les obligara a realizar un trabajo social con discapacitados durante un tiempo ayudaría mucho a ablandar el corazón de esta mala gente, pero sobre todo ayudaría a que actos de este tipo no se volvieran a repetir nunca más. Este hecho en sí que le ocurrió a Lucía tendría que salir como noticia en los telediarios de todas las televisiones, en los boletines de las emisoras de radio y en todos los periódicos como una especie de condena social. Cada vez que alguien maltrata a un discapacitado, el mundo entero tendría que enterarse para recriminar el acto pero, sobre todo, para que no vuelva a ocurrir nunca más algo así. Yo siempre me pregunto lo mismo: ¿y si me hubiera tocado a mi?. Pregúntatelo tú también.
 
Rosana Güiza