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No me moverán

¿Y si Cataluña pierde mercado?

Noviembre 19, 2013

Dice Jaime Malet, Presidentede la Cámara de Comercio de EEUU en España que muchas empresas americanas invierten en Cataluña, y lo hacen para tener un mercado nacional de 47 millones de consumidores, y uno europeo de más de 400, sin barreras arancelarias. Un mercado de 7 millones, que es el del territorio de esa Autonomía, no resultaría interesante para la mayoría de esas inversiones.

Su argumento es que se habla mucho, y con pasión, de las causas del sentimiento soberanista: los supuestos agravios del Estado a la economía catalana. A la economía, porque a su cultura, incluida la lengua, hoy en día no pueden argumentarse esos agravios. Nunca Cataluña tuvo más instrumentos para defender su personalidad propia. Hasta tal punto que algunos acusan a la Generalitat y a determinados dirigentes nacionalistas -no a la sociedad catalana en su conjunto- de oprimir parte de la misma. Acusan a estos políticos de intentar silenciar la componente cultural que siempre le mantuvo unida al resto de España: el idioma común compartido desde hace siglos; la historia, incluida la defensa de la soberanía española frente a enemigos externos; y algunos símbolos patrios.

Por contra, el debate sobre las consecuencias de una ruptura, según Malet, se silencia, se disimula. Eso hace que la discusión no sea racional, sino emocional. Ya se sabe que, como dijo Descartes, hay razones del corazón, que la razón no entiende. Por eso, a veces, en estos debates, donde la serenidad está ausente, se obvian los razonamientos sobre las consecuencias de todo tipo. Por ejemplo, las económicas o las relativas a la sostenibilidad de las pensiones de una sociedad envejecida como la condal. No se quieren ni oír, porque supondrían un cuestionamiento de las emociones que sustentan posiciones antagónicas.

Los razonamientos del mercado

Entre esos razonamientos se encuentra el del Presidente de la Cámara de EEUU en España: el tamaño del mercado. Un mercado sin fronteras es más potente. Evita barreras como: la burocracia, que suponen los trámites de exportación/importación; los aranceles que encarecen los productos y servicios; otros mecanismos invisibles como las legislaciones proteccionistas de todo tipo (sanitarias, de etiquetado, …); y, en el caso de rupturas traumáticas, enquistamientos emocionales, por absurdos que parezcan.

Por eso se puede argumentar, con verdad, que Cataluña se benefició al menos desde finales del siglo XIX, durante todo el XX y lo que va del XXI, de tener como mercado todo el territorio español. Algo que tuvo su origen en el decreto Decreto de Nueva Planta de la dinastía borbónica, que abolió la fragmentación del mercado. Como, igualmente, las empresas del resto de España tuvieron la ventaja de los millones de consumidores catalanes, que a partir de determinado momento tenían un poder de compra superior al de otras partes del Estado. Además, desde la entrada en la UE todas las empresas españolas, incluidas las catalanas, tienen a su disposición el mercado comunitario.

Cataluña, excluida de la Unión Aduanera española y comunitaria perderían esa ventaja en los 40 millones de consumidores del resto de España y los más de 400 de la UE. Como el resto de España perdería los 7 millones de consumidores cercanos y de buen nivel de compra.

Frente a regodearse en el perjuicio ajeno, debe estar el pensar en el beneficio común

No se trata ahora de discutir quién perdería más. Es una tontería regodearse en el perjuicio ajeno a costa del propio. Lo inteligente es ver cómo ganamos todos, el beneficio común. Eso exige incorporar a los sentimientos sobre el pasado, los razonamientos sobre el futuro. No se trata de acallar las emociones, sino de compensarlas con razones. En el entendimiento entre los españoles, incluidos los catalanes, la inteligencia debe primar. El mercado también cuenta.

J. R. Pin Arboledas, Profesor del IESE, Director del Executive MBA, Madrid