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¡Qué fuerte!

Y, de repente, un tuit

Julio 26, 2012

El pasado sábado me despertó el teléfono.

—Nena, no te vas a creer lo que me ha pasado—. El tono de voz acelerado y nervioso de mi amiga Bea me asustó, por eso, sin saber todavía lo que le había pasado, me temí lo peor. Mi curiosidad le exigió que rápidamente se pusiera a narrar el motivo de su desazón.

—Un tuit me ha cambiado la vida— continuó diciéndome.

—¿Cómo que un tuit te ha cambiado la vida?— le pregunté—. ¡Eso no puede ser! ¡Es imposible! Un tuit no cambia la vida de nadie. 140 caracteres no pueden ni siquiera emocionarte.

—Lo que oyes, nena— dice Bea—, un tuit me ha complicado la vida.

Bea es una mujer que ha sufrido mucho por amor, demasiado, más de lo necesario, como muchas, como yo misma. Varias relaciones fallidas en las que ha vivido de todo: desde unos simples y comunes cuernos, hasta un maltrato psicológico.

Mi amiga Bea se había propuesto hace un tiempo no volver a enamorarse, no volver a caer en el error que es la gran mentira del amor, así que, la última vez que cerró la puerta, le dio tres vueltas a la cerradura, se tragó la llave y decidió no abrirla nunca más.

El sábado por la noche saltó un tuit en la pantalla de inicio de su Twitter que llamó su atención. “@Alberto”. Alberto era un desconocido que la seguía en Twitter sin saber por qué, como la mayoría de las personas que nos siguen y a las que seguimos pero no conocemos.

Alberto respondió a uno de sus mensajes melancólicos con un “si te bajas del mundo, avísame que me bajo contigo”, o algo así. Éste fue el tuit que le ha cambiado la vida a mi amiga Bea. Sin saber muy bien por qué, en tan sólo tres días, Bea se ha sincerado con Alberto y Alberto le ha contado a Bea casi toda su vida, con sus teorías y sus hipótesis incluidas. Puede que sepan, en tan sólo tres días, mucho más el uno del otro que otras parejas que llevan mucho más tiempo juntas. Alberto la trata como ella siempre soñó que un hombre la tratara; la llama “vida, amor, cariño, cielo, tesoro, principesa”. No es que sean palabras inusuales, sólo que a Bea nunca nadie se las ha dicho, y menos aún tan a menudo, por eso está ilusionada. Pero Bea sabe que las palabras se las puede llevar el viento y que lo que a ella le importa son los hechos. “El amor no se dice, nena, se demuestra”, es la frase que más se le escucha cuando hablamos de mujer a mujer. El caso es que Alberto ha aparecido así, de repente, en un tuit, y le ha alegrado la vida, se la hace más fácil, le hace sonreír de manera inesperada, la tiene en vilo, ansiosa por saber de él y pendiente de Twitter para ver si él le ha escrito algún mensaje en clave. De repente se siente como una adolescente. Pero los palos que la vida, bueno, el amor más bien, le ha dado a Bea también hacen que surja una sombra detrás, un miedo a lo desconocido, al abismo, a no saber qué pasará. No es otra cosa que miedo a volver a sufrir. Miedo al amor. Cuando Bea me preguntó anoche “¿Qué hago, nena?”, yo le contesté: “Tírate a la piscina. Lo que tenga que pasar, pasará”.

Ahora me voy de vacaciones y estaré desconectada durante todo el mes de agosto así que, en cuanto vuelva en septiembre, prometo contaros como va esta historia de Bea y Alberto. Espero que de verdad les cambie la vida, así, de repente, con un tuit, porque los dos se lo merecen.    

Rosana Güiza Alcaide

rguiza@extraconfidencial.com