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Los puntos cardinales

Washington baraja la “fórmula balcánica” de exilio para Gadaffi

Marzo 2, 2011

La ópera bufa de Gadaffi parece tocar a su fin. Y, llegado este momento tan complejo, solo resta ajustar la maquinaria para que la transición, o lo que Alá quiera que ocurra en el postgadafismo, permita que el país siga adelante sin demasiados traumas. El Coronel y su hijo Seif, “la espada del Islam”, están dispuestos a morir por su indefendible causa, aunque previamente habrán enviado a la tumba a miles de personas de esas que guardan fidelidad inquebrantable cuando se les pone la bocacha de la ametralladora en la nuca.

Estados Unidos y las potencias occidentales se rasgan las vestiduras con las maldades del sátrapa y, ¡oh!, sorpresa, se le descubren ahora ingentes cantidades de dinero y patrimonio en bancos norteamericanos, en Austria y hasta una inmensa finca en la localidad malagueña de Benahavís. Porque aquí, en nuestro país, los Gadaffi se sienten como en casa.


Desde Washington se señalaba el pasado lunes que el exilio de Muammar es una opción que la Administración Obama no descarta. Recordaremos que hace un par de semanas, el vicepresidente del Parlamento ruso, Vladimir Zhirinovksy, otro que tal, le ofreció a Gadaffi la posibilidad de afincarse en alguna dacha de la Federación en la que sería tratado con afecto y estima. Esta era la propuesta de otro individuo de poco fiar. Sin embargo, en la reciente historia de dictadores vecinos tenemos casos muy ilustrativos en los que se ha buscado una salida para el malo de turno.


El modelo serbio

En los noventa, cuando la masacre en los Balcanes se hizo insoportable, la Casa Blanca acabó tomando cartas en el asunto. Bill Clinton envió a la región al diplomático Richard Holbrooke y éste fue receptor de un mensaje del Kremlin. Boris Yeltsin vería con agrado un final digno para su hermano serbio, de manera que la misma potencia que comandaría el bombardeo aceptaría un acuerdo para el genocida. No conviene olvidar tampoco que los dos grandes asesinos de masas balcánicos, Radovan Karadzic y Ratko Mladic, se escondieron a muy pocos kilómetros de sus lugares de origen porque la OTAN los buscaba con una sospechosa laxitud, por decirlo suavemente. Desde un primer momento se dijo que el mundo miró para otro lado en la península balcánica porque allí no había petróleo.
En el caso libio, la necesidad de una solución bien pensada es doble; moral, en primera instancia, para no permitir otro baño de sangre en una nación atendida con tan descarado doble rasero. Y, en segundo lugar, para garantizar que lo que atesora el subsuelo libio siga acabando donde debe, es decir, en la orilla norte del Mediterráneo.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe de Internacional de Onda Cero