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Mensaje en una botella

Vivimos siempre juntos y moriremos juntos

Febrero 13, 2013

Nunca había oído la Radio. Aquéllo no iba con ella. Su moderno televisor de pantalla plana le ofrecía tantos canales como su imaginación podía soñar, su conexión a internet en el ordenador le permitía conectarse a tantos periódicos digitales como quisiera y su smartphone le permitía hacer lo mismo que el ordenador sin levantarse de la cama. Por si fuera poco, su kiosquero llevaba enamorado de ella desde que se mudó al apartamento y sólo necesitaba chasquear los dedos para que le consiguiera cualquier publicación en papel. ¿Para qué necesitaba la Radio?

Acababa de llegar a casa, rendida como siempre. “¡Me caigo muerta!”, se dijo a sí misma como cada tarde al desplomarse sobre el sofá. Un leve giro a la izquierda bastó para hacerse con el mando a distancia de su espectacular televisor, que ocupaba casi por completo una de las paredes del salón. Allí tenía todo cuanto necesitaba para mantener el contacto con el mundo audiovisual. O eso creía ella. Y entonces se fue la luz.

¡Qué contrariedad! Su vida no estaba pensada para vivir sin luz. La noche empezaba a asomar tras los cristales que daban a la calle y las farolas del exterior se habían oscurecido. En apenas unos minutos caería la más oscura de las noches. Y ella sin luz. Un resorte interior la impulsó a levantarse en busca de una solución. Mas fue inútil. El vecindario tampoco conocía el origen de la avería y el portero se había dado a la fuga aprovechando el desconcierto reinante al grito de “¡Mañana será otro día!”. Qué valor.

Siempre había estado allí

Decidió bucear en su smartphone en busca de una conexión con el mundo exterior. Pero entonces se dio cuenta de que el aparato se había quedado sin batería y, al intentar recargarlo, comprobó que era infructuoso porque la red eléctrica no funcionaba. No sabía qué hacer. Se sintió sola, aislada, sin posibilidad de saber lo que ocurría fuera de las cuatro paredes de su casa. Un sudor frío recorrió su espalda al pensar que estaba en una burbuja, desconectada de la realidad. La noche ya se había adueñado de todo y estaba completamente a oscuras.

A tientas, logró llegar a uno de los armarios y consiguió dar con una vela. Después de rebuscar en la cocina, encontró unas cerillas y finalmente atinó a encender aquel cilindro de cera que le permitió abandonar las tinieblas. Por fin había luz en su casa. Pero echó de menos esas voces que tanta compañía le brindaban y esas imágenes que le permitían saber lo que ocurría en el mundo exterior. Y entonces, se tropezó con ella.

Aquella Radio siempre había estado allí. Era el viejo transistor que su madre encendía cuando ella era pequeña. Nunca supo cómo llegó a su apartamento, pero apareció en él después de la mudanza. Y desde ese día, siempre había estado allí. “Y, ¿por qué no?”, pensó en medio de la oscuridad. Y encendió la Radio.

Desde entonces no hubo un solo día sin Radio en su vida. Desde entonces nunca dejó de escuchar la Radio. Desde entonces siempre la tuvo cerca. Desde entonces comprendió que todas las palabras, todas las imágenes, todas las emociones, toda la información, todo el entretenimiento, todas las sonrisas y todas las lágrimas caben en la Radio. “Vivimos siempre juntos y moriremos juntos”, decía la letra de la canción que sonaba en el momento en que aquella noche encendió la Radio. Y desde entonces supo que viviría con la Radio y moriría con ella.

A la Radio, que siempre ha estado en tu vida aunque tú no lo sepas 


Juan Diego Guerrero es director de Noticias Fin De Semana en Onda Cero

Sígueme en Twitter: @juandiguerrero