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Otras opiniones

Violeta Santander: por fin, condenada

Octubre 26, 2009

Uno de los personajes más odiados de la prensa del colorín es Violeta Santander. Pocas personas he encontrado en mi trayectoria profesional tan ineducadas, arrogantes y con tanta falta de vergüenza como Violeta y su familia. Todavía recuerdo el volumen de sus insultos e improperios cuando me negué a defenderla y tuve que invitarla amablemente a abandonar mi despacho profesional. Desde entonces, muchos han sido los programas televisivos donde esta ingrata y sus familiares han intentando desacreditarme ante la opinión pública haciendo uso de su arma más eficaz: el ridículo.
Ahora, por fin, puedo celebrar una victoria que me llena de orgullo y satisfacción: haberla ganado en los Tribunales representando los intereses de la periodista Pepa Jiménez.
A Violeta, como le pasa a muchos frikies de este país, cuando la popularidad barata les llega exponiendo sus vísceras en las televisiones de pago, sufren el complejo de creerse “estrellas del pop” y sienten la necesidad irrefrenable de que todos les rindan pleitesía. La familia Santander pretendió a hacer doble caja en las televisiones y en los Tribunales de Justicia jugando a una ruleta rusa que apuntaba directamente a su sien.
Por este motivo, cuando la periodista Pepa Jiménez decidió contar públicamente que Violeta en ocasiones iba a trabajar con moratones por el cuerpo, La Santander decidió demandarla por intromisión en su derecho al honor. Ella, desde su ignorancia, entendió que ser una mujer maltratada era una afrenta que mancillaba directamente su desgastado honor. ¡Vivir para ver!
Pretendía que la famosa periodista le indemnizara con 50.000 euros por unos daños y perjuicios que han resultado inexistentes. El Juzgado número 1 de Getafe ha dado la razón a Pepa Jiménez y ahora será Violeta la que tenga que pagar las costas a la que ha sido condenada. Esperemos que haya ahorrado aunque mucho me temo que dada su trayectoria ésta es de las que piensan: “yo cien veces Violeta antes que una colorada”.
 

Ana Obregón jamás hubiese ido a la cárcel

Muchos son los que piensan que Ana Obregón ha pedido disculpas públicamente a Cayetano para no ir a la cárcel. Las leyendas urbanas corren como ríos de sangre y todo el mundo me pregunta en los últimos días sobre la misma cuestión.
No señores, excuso decirles que Ana no hubiese ido jamás a la cárcel puesto que el Código Penal contempla únicamente penas que van de los seis meses a los dos años de prisión. Teniendo en cuenta los años transcurridos (diez desde que Ana hizo sus declaraciones), que “La Obregón” no tiene antecedentes penales, y que Cayetano ha hecho uso de los medios de comunicación como medio de reparación del daño que entendió se le había causado a su honor, únicamente hubiesen provocado que todo este asunto se quedara en “agua de borrajas” en los Tribunales. Muy probablemente Ana hubiese sido absuelta o a lo sumo condenada al pago de una multa ridícula.
No obstante, hay que reconocer que Ana desde el punto de vista moral ha actuado de forma impecable y que, cuando no hay amores que la contrarían, es “todo corazón”. De Cayetano sólo puedo decir lo que es evidente, que es un señor que enaltece la Casa de Alba y al que su madre debería pedir consejo.
 

Los Albertos condenados injustamente

Debo ser de las pocas personas que públicamente defienden a capa y espada la inocencia de estos señores aún a costa de haberme ganado la enemistad más exacerbada de sus contrarios. A pesar de haber sido condenados a cuatro meses de cárcel y a una indemnización ridícula que casi equivale a una falta más que al delito en cuestión, todavía me pregunto cómo en este país suceden estas cosas.
Con mis más elevados respetos a la Administración de Justicia no alcanzo a comprender como sospechas y conjeturas inmotivadas pueden llevar a condenar a los Albertos sino es a costa de conculcar el principio de presunción de inocencia contemplado en el artículo 24 de la CE. Recuerdo, además, que el Ministerio Público no ejerció acusación alguna contra ellos, lo cual evidencia claramente su inocencia.
¿Por qué ha de extrañar que la famosa carta, cuando llegó a sus manos, provocase que los dos primos investigaran su procedencia y utilizasen todas las cautelas legales y necesarias que les fueron indicadas por sus entonces abogados y que ahora han sido absueltos? ¿Qué tenían que haber hecho entonces? ¿Contratar a Rasputín? Si la carta que creyeron auténtica fue utilizada por ellos en un recurso de revisión que luego retiraron, ¿dónde está la tentativa de estafa procesal si no conocían de su falsedad?.
Creo firmemente en el principio de presunción de culpabilidad en esta España de la pandereta, las envidias y los complejos de inferioridad. Suerte que la sentencia aún no es firme y que el Tribunal Supremo aún no se ha pronunciado. De momento me parece que tener que aguantar a los San Martín durante 24 años (y los que faltan) ya es toda una condena.

Teresa Bueyes