Menú Portada
Otras opiniones

Victimismo o victimología

Octubre 2, 2012

Dado que en los últimos años, con ocasión de desgraciados acontecimientos, estamos siendo protagonistas de una masiva corriente victimista, comprensible desde el punto de vista del ciudadano, pero inadecuada hasta tal punto de que cada vez que hay un suceso hay una víctima con un micrófono en la boca diciendo lo que hay que hacer con el culpable, voy a comenzar estas líneas con un pequeño ejercicio que tan sólo les llevará unos segundos resolver.

Imagínense que yo hubiera tenido la terrible desgracia que, conduciendo por la carretera, un puente se derrumbase y matase a un hijo mío. Podrán imaginar ustedes que la vida se paralizaría para mí, que desde ese instante mi dolor no me permitiría volver a sonreír jamás y que buscaría responsables. Sin embargo, ¿entenderían ustedes que yo pretendiese establecer las directrices a seguir en la construcción de puentes para evitar futuros accidentes, o que me nombrasen asesora en dicha construcción? Obviamente, no. No sé nada acerca de puentes.

Presunción de inocencia, tutela judicial efectiva…

Pero si, en vez de un puente, ha sido un malvado asesino el que ha matado a mi hijo (en este punto, otórguenme ustedes la profesión que quieran menos jurista, claro está), ¿opinan ustedes que yo debería marcar las directrices para prevenir nuevos casos? Aquí la cosa cambia, pero ¿por qué? Respóndanse antes de seguir leyendo.

Es cierto que la víctima del delito ha sido durante mucho tiempo relegada a una situación marginal en relación al delincuente, cuyos derechos han sido definidos con precisión en nuestro ordenamiento jurídico como pilares del Estado Social y Democrático de Derecho. Principios como la presunción de inocencia, la tutela judicial efectiva, el derecho a un proceso con todas las garantías sin que en el mismo pueda producirse indefensión son, entre otros muchos, derechos fundamentales reconocidos en nuestra Constitución e inspiradores de nuestro sistema procesal penal, inherentes a la condición de imputado, procesado o acusado, sin que, tradicionalmente, por el contrario, se haya colocado a la víctima en una posición de protagonismo cuanto menos igualitaria en relación a sus derechos.

El redescubrimiento de la víctima

Sin embargo, en los últimos casi 30 años, la cosa ha cambiado radicalmente, como no podía ser de otra manera, y los juristas han sido testigos de lo que podríamos denominar el “redescubrimiento de la víctima”, dentro del proceso penal, cuyo protagonismo desapareció junto con la justicia primitiva; o dicho de otra manera, desde que el sistema penal sustituyó la venganza privada por el poder punitivo del Estado.

De hecho, en la actualidad, la moderna criminología introduce el rol de la víctima, como objeto de estudio, en el mismo plano que el del delincuente, siendo así que nuestro sistema jurídico penal prevé todo un elenco de normas, disposiciones y leyes encaminadas a garantizar tanto la protección como los derechos inherentes a la condición de víctima de un delito.

Riesgo de pervertir el sistema

Y ello, porque ahora se entiende que el Estado no sólo debe acercarse al problema social que el delito representa, interviniendo con programas de prevención orientados al posible infractor, tanto primarios (antes de que el delito se produzca), como secundarios (evitándolo cuando está a punto de manifestarse) y terciarios (cuando ya se ha manifestado, evitando la reincidencia), y mecanismos de reacción (respuesta ante el delito), sino que debe también restaurar, en la medida de lo posible, la situación en la que la víctima se encontraba antes de haber padecido el delito o, al menos, paliar los efectos que el mismo ha producido en ella. Esto es de una claridad meridiana y no cabe objeción alguna, pues nadie en su sano juico niega hoy en día que la víctima, como sujeto pasivo del delito, tiene sus derechos, de la misma manera que nadie en su sano juicio y con un mínimo de empatía deje de apoyarla y comprenderla.

Pero esto no significa, ni de lejos, que deba ser la víctima quien marque las directrices, como decía, acerca de cómo actuar con el delincuente. Una cosa es la victimología de la cual está profundamente imbuido nuestro proceso penal y otra el victimismo del cual se imbuyen los medios de comunicación. Y no se debe confundir, a riesgo de pervertir el sistema, una cosa con la otra.

 
Bárbara Royo