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El mayordomo

Veranear con clase y estilo

Junio 6, 2010

En breve comenzaremos la tan deseada época estival y con ella aumentarán tanto los desplazamientos en avión como las pernoctaciones fuera de casa. Si la crisis lo permite, los hoteles volverán a tener cotas máximas de ocupación y las playas se llenarán de turistas deseosos de broncear su piel y dejar atrás el estrés de los meses precedentes.

Qué duda cabe que las vacaciones deben servir para relajarnos y coger fuerzas e ideas para afrontar el nuevo año laboral con las máximas garantías de éxito. No obstante, este relax que todos buscamos durante unas cuantas semanas se lleva hasta límites insospechados por no pocos veraneantes dejándonos en la retina imágenes muy difíciles de borrar.

Playas y lugares que durante el resto del año gozaban de una gran tranquilidad y serenidad se llenan de repente de turistas que con el mínimo decoro y ausencia de todo tipo de maneras “prostituyen” tanto éstas como sus hoteles, sus restaurantes y sus calles.

A pesar de que pensamos que incluso cuando se está en la propia casa se debería cuidar el atuendo, nadie nos puede obligar a vestir o comportarnos en nuestro propio hogar de una determinada forma. Estamos en nuestra casa y mientras no molestemos a los que nos rodean, podemos llevar y proceder como consideremos oportuno.

Sin embargo, la cosa cambia cuando nos encontramos fuera de ella. Es verdaderamente desmotivador, observar como las principales líneas aéreas durante los meses de julio y agosto se llenan de turistas que desconocen las mínimas normas de comportamiento y educación y van ataviados con sendas bermudas, camisetas y chancletas.

Nunca entenderé como llegado el punto actual de mal gusto, las compañías aéreas no imponen un código de vestimenta. El realizar un viaje, por corto que sea, al lado de un señor que por zapatos lleva unas “havaianas” enseñando no precisamente una cuidada pedicura francesa es de las experiencias más desagradables que el comienzo de la vacaciones últimamente nos regala.

No son pocas las ocasiones donde hemos establecido que se debe vestir no conforme uno desee, sino como el acto o el acontecimiento al que vayamos a acudir exija. Si alguien se ha tomado la molestia y el tiempo de organizar una fiesta y nos ha hecho participes de ella, nosotros, como mínimo, deberemos corresponder su gratitud tomándonos también un tiempo para vestirnos. Una vestimenta cuidada denota a los anfitriones que le damos una gran importancia a la fiesta que con tanto interés han organizado. Por ello, si utilizamos el avión para acudir a nuestro lugar de descanso no deberemos vestir como nosotros queramos sino como debamos.

En un avión donde muchas más personas nos acompañan deberíamos cubrirnos no solo nuestros pies sino también nuestras piernas. Ya tendremos tiempo una vez en el hotel de ponernos nuestras chancletas y nuestro bañador preferido.

En las zonas comunes de los hoteles como es el comedor deberemos igualmente guardar un mínimo de maneras y no acudir a comer con la misma ropa que lo haríamos de hacerlo en el chiringuito de la playa. Además de ser una norma básica de higiene, no se pierde tanto tiempo acudiendo a la habitación para darnos una rápida ducha y cambiarnos de ropa y calzado.

La intensa lucha de las compañías de viajes ha permitido que lugares antes solo reservados para los bolsillos más desahogados hoy estén al alcance del gran público. Destinos como Biarritz, Ibiza, Marbella o Mallorca son hoy accesibles para muchos intrépidos turistas que desconocen la realidad de cada lugar y no tienen inconveniente en coger la sombrilla y la nevera que utilizaron el año anterior en las playas de Benidorm o San Juan y facturarla sin titubear en el viaje que les llevará a su nuevo destino.

Las compañías de bajo coste inglesas y alemanas “escupen” turistas extranjeros que con sus pulseras de todo incluido no siempre aportan la clase esperada de países supuestamente más avanzados y desarrollados. Es increíble observar como este turismo de “bajo coste” se ha apoderado de nuestras calles y las cadenas hoteleras se reinventan para ofrecerles lo que demandan sus limitadas inquietudes.

La sombrilla, la nevera, las hamacas y la macro bolsa de playa se convierten en los compañeros de viaje del bocata y la lata de atún que por la mañana con esmero preparó el osado turista.

Esos cuerpos rellenos cubiertos con camisetas de tirantes que se enfrentaban junto a sus hamacas por hacerse con la tan ansiada primera línea en las playas del levante hoy colonizan sin ningún tipo de control lugares hasta entonces vetados para dichos personajes. Esa tranquilidad y gusto existente en infinitas calas y playas de nuestra geografía española ya solo es posible encontrarla si se acude a ellas fuera de los meses de verano.

Sirenas improvisadas posan en las aguas cristalinas para sus enamorados quienes no dudan en buscar el mejor ángulo para retratar a sus amadas. Lugareños que llegaron a las islas atraídos por su libertad y tranquilidad ahora tienen que sufrir como su momento de paz es roto sin compasión por los coches de alquiler; coches que casi adentrándose en la misma orilla despiden individuos recién llegados de la capital quienes sin respeto alguno se sienten dueños del lugar tal Robinson Crusoe.

Acaloradas mamas que van a la carrera tras sus ruidosos niños con sendos botes de cremas protectoras terminan de arruinar lo que se presentaba como un tranquilo día de playa y lectura.

Si desgraciadamente no tenemos más remedio que destinar los meses de julio o agosto a nuestro descanso anual intentemos imprimirle un toque de elegancia y cuidemos tanto nuestro comportamiento como nuestra vestimenta. El encontrarnos de vacaciones no es excusa para olvidar unas mínimas normas de convivencia y educación.

Jeeves