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Otras opiniones

Una pitonisa, un cadáver antiguo y mucho dinero en juego

Junio 16, 2013

Probablemente espere usted que le hable del juicio de José Bretón o de la búsqueda del cuerpo de Marta del Castillo. No será así. Siento la momentánea decepción, pero hay otras historias que reciben menos atención y también merecen ser contadas. Sobre todo la que les voy a narrar ahora, porque la policía cree que Norma Beatriz Kuike y su hijo, Diego Ismael Felipoff, los malos de este relato, pueden tener decenas de víctimas en España.

La historia comienza así: El grupo de homicidios de la Comisaría General tiene la mala costumbre de ir revisando antiguos casos sin resolver. Esta vez fue una desaparición. Ana María Martos Nieto no daba señales de vida desde 2004. En aquel entonces su familia contó que estaba deprimida y que recientemente se había divorciado. Si a eso le unimos que tenía 32 años y había vendido su casa su coche y vaciado sus cuentas, parecía blanco y en botella. Había comenzado una nueva vida en otro lugar. Sin decírselo a nadie.

Echadora de cartas

Nada más lejos de la realidad. Pero para entender esta historia tengo que presentarle primero a José María Tarraguel. Este hombre un buen día del año 1996 caminaba por la Rambla en Barcelona cuando se fijó en una mujer atractiva, vestida de forma estrafalaria, que echaba las cartas. Era argentina, de etnia gitana, con un alucinante don de palabra y lo que es más importante, enormes tablas para reconocer a los desgraciados que caminan solos por la vida y a los que puede estafar. Le contó una milonga aquel día y Tarraguel , divorciado y con tres hijos, se la tragó entera. Hasta el punto de que la convirtió en su pitonisa de cabecera. Cuando le dolía la pierna le daba 300 euros a Norma Beatriz e inmediatamente sentía alivio. Él le entregaba su dinero con gusto y ella lo recibía con una sonrisa. Como no sería la dependencia emocional que sentía este hombre que en el año 2004, Norma Beatriz, con el rostro desencajado y poseída por el alma de algún fallecido errante, le anunció que grandes desgracias se cernían sobre sus hijos y sobre él mismo. Lo había “visto”. Para calmar a los espíritus del mal, Tarraguel debía poner a su nombre, el de la vidente argentina, la parcela colindante a su casa. Así lo hizo José María y las fuerzas del mar retrocedieron asustadas.

Poco después Norma Beatriz puso en venta aquella parcela. La compró un familiar de José María por la nada despreciable cantidad de 90.000 euros. Ninguno sabe muy bien como, pero el familiar no acudió al registro a poner la parcela a su nombre. La gitana argentina le hizo creer que sólo entregándole el dinero la finca cambiaba de manos. Meses después, el nuevo propietario trató de venderla, pero le fue imposible. No estaba a su nombre. Llamó a Norma Beatriz y esta le dijo que lo sentía hondamente, pero que, si se le había pasado el plazo para registrar la finca, era su problema. Si tan encaprichado estaba con el terreno, se la vendía por segunda vez.

Comienzan las sospechas

Tuvo que intervenir Tarraguel para calmar los ánimos. Llamó a la pitonisa e hicieron un trato: ella le daba poderes para poder vender la finca que él le había regalado y ella a cambio recibía otros por los que podía disponer de la parcela del propio José María, e incluso de su casa, para alquilarla, venderla o hacer lo que quisiera. ¡¡¡Tarraguel aceptó!!! Sí lo se, es increíble, pero cierto.

José María y su familiar vendieron la parcela por 33.000 que se quedó el estafado. Norma Beatriz no vio un duro de aquello. Al mismo tiempo, Tarraguel empezó a sospechar que la gitana argentina le podía estar tomando el pelo así que consultó a un abogado. El letrado le preguntó que si era lerdo o se lo hacía. José María se dejó guiar y revocó los poderes a Norma Beatriz. A día de hoy conserva su finca y su casa, pero, de momento, no puede utilizarla. Está en prisión.

El crimen

Meses antes de aquello, cuando todavía las dos parcelas pertenecían a Tarraguel, Norma Beatriz se presentó en la casa de José María junto a Ana María Martos Nieto. Era de madrugada. Les abrió el garaje y aparcaron. El entró un momento dentro de la casa. Mientras, ellas hablaban, sin bajarse del vehículo. De repente, Tarraguel escuchó un portazo fuerte. Bajó al garaje y se encontró a Ana María muerta en un charco de sangre. José María desconcertado preguntó qué había pasado. En su fuero interno sabía que la gitana argentina la había apuñalado. Norma Beatriz le respondió que no debía preocuparse que en unos días mandaba a alguien para deshacerse del cadáver, que el no dijese nada y se fue tan tranquila.

Pasaron los días y cada vez que Tarraguel llegaba del trabajo o se levantaba por las mañanas miraba en el garaje y allí seguía el cuerpo de Ana María, dentro del coche. Un día no pudo aguantarlo más. La metió en un sacó, el sacó en un bidón y lo rellenó con cremento. Luego usó una de sus escavadoras (se dedicaba a la construcción) y enterró a Ana María en la finca colindante a la suya, la que luego le regalaría a la gitana argentina. Un mes después, Norma Beatriz se presentó en su casa: Le dijo que no se preocupase, que en unos días vendrían unos amigos suyos a llevarse el cuerpo. Al comprobar que ya no estaba allí, quedó muy satisfecha.

Las detenciones

Esta semana la policía, después de un trabajo muy fino, encontró el cuerpo de Ana María, detuvo a Tarraguel acusado de encubrimiento y cursó una orden de detención internacional contra Norma Beatriz y su hijo Diego Ismael Felipoff. Estaban en Argentina y allí fueron cazados. Los investigadores consideran que fue Diego el que captó a Ana María. La sedujo y esta fue entregándole todo su dinero. Llegó incluso a vender la casa y el coche. A falta de interrogar a los detenidos, se cree que Ana María se dio cuenta de que la habían estafado y les pidió los 105.000 euros que ella les había entregado. Los amenazó con denunciarles y Norma Beatriz la asesinó.

Quédese con estos dos nombres: Norma Beatriz Kuike y Diego Ismael Felipoff, ambos gitanos argentinos. La policía cree que han estafado a muchas más personas en la zona de Cataluña. Si conoce a alguien que haya podido caer en sus redes, dígale que llame a la policía. Se trata de poner a estos individuos a buen recaudo el mayor tiempo posible y tratar de recuperar el dinero de todas sus víctimas.

Nacho Abad