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¡Qué fuerte!

Una infancia violada

Mayo 28, 2015

Vivimos en un mundo dispar y loco. Para unas cosas, el ser humano es maravilloso. Normalmente ganan la bondad, la solidaridad y las buenas personas. Aunque no lo crean, hay más buenas que malas, lo que pasa es que la mala gente da mucha lata y se hacen notar mucho, precisamente por eso, por lo sorprendente de la perversidad de sus actitudes y sus actos. Pero cuando nos enteramos de las maldades que el ser humano puede llegar a realizar, se pierde la esperanza y cualquier tipo de confianza en la humanidad.


Y si esa maldad afecta especialmente a los más indefensos, los niños, entonces la maldad pasa a llamarse crueldad inexplicable e injustificable. En esta ocasión la afectada es una niña rumana de 11 años que hace dos, con sólo 9, sus padres casaron en una ceremonia por todo lo alto allí en su país, con un joven de 17, ahora con 19 años. Ocho años le saca el chaval a la niña. Él, adolescente, ella, una pequeña cría que, en lugar de estar yendo al colegio, jugar con muñecas, saltar a la comba o jugar con la Nintendo, ha sido violada, vejada maltratada y humillada por la familia del marido y por el propio esposo.

Una boda que fue un negocio

Después de la boda, que en realidad fue un negocio, ya que la casaron a cambio de 17.000 euros, ambas familias se vinieron a España; la de la novia a la provincia de Sevilla y la del novio, con el infantil matrimonio incluido, a un pueblo de Valladolid. Allí, la niña, alejada de quien decía quererla, sus padres, ha sufrido un infierno: los suegros la ha obligado a trabajar duramente en su negocio de recogida de patatas y uvas en el campo, a jornada completa y sin remuneración alguna. Después del día de duro trabajo, al llegar a casa, la insultaban, amenazaban y agredían constantemente y no contentos con eso, también la obligaban a mantener relaciones sexuales con su marido. Aturdida por este maltrato y las violaciones, la niña consiguió un día enviar un mensaje a quien la vendió: “Mamá, ayúdame“.

Aquí todos son culpables menos ella: la inocente criatura que, como siempre, sale perdiendo. Solo tiene 11 años y seguramente no entienda por qué sus padres la han abocado al sufrimiento mas grande que la marcará de por vida. Acusados todos y con la niña bajo la tutela de la administración, me pregunto ahora, no sólo por qué será de ella, sino también por los miles de niños y mujeres, personas en general, que son vendidos como objetos en un tráfico de personas que implica malos tratos, abusos sexuales, explotación laboral, etc. ¡Cuánta crueldad! Sorprendentemente, esta cría ha sacado fuerzas para aguantar. Ojalá algún día pueda recuperar esta infancia perdida, me temo, irremediablemente.      

Rosana Güiza