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Otras opiniones

Una copa de Vega Sicilia para olvidar la agonía

Noviembre 9, 2010

Llego a casa una tarde de otoño, a través de la ventana del jardín las hojas caídas, amarillas, me producen una extraña sensación de desasosiego. Dicen que ciertas estaciones contribuyen a alterar los estados anímicos. No sé si será el caso, pero de algo estoy seguro, preferiría haber visto el suelo limpio. Sin embargo era un paisaje digno de fotografiar, aunque sólo fuera para enredar con el Photoshop.

Las habitaciones repletas de muebles están vacías, puro antagonismo. Mi voz hace eco en la escalera. Tan sólo el sonido de los radiadores poniéndose en marcha. Sin más. Indiferencia que desprenden hasta las propias plantas. El teléfono ha perdido su fuerza, ya no suena como antes, será tal vez porque comprendió mi odio, mi hastío.

Las calles están vacías, los centros comerciales repletos de gente. Mi cuenta corriente está enfermando poco a poco, y antes de que el negro se torne en rojo quisiera poder comprarme un reloj. Para evitar llegar tarde al trabajo por las mañanas, mi vida gira en torno a las ocho horas que paso en la oficina. Me acuesto cada noche, y tristemente enumero las tareas del día por no pensar en otra cosa. En fin, sin más.
Deprimirme sería lo más fácil, encerrarme en mi mismo tal vez y acudir al psiquiatra. Tomar cuatro pastillas al día, y vagar. Pero la locura es demasiado relativa a veces. Esta vida que elegí me cobra ahora los errores y, mirarme al espejo ha dejado de motivarme. Empiezo a pensar que tenerlo todo conduce a la búsqueda de la desgracia inexistente.
Aunque intente convencerme de mi propia suerte, de nada sirve. Tampoco me convence Zapatero, ni todos los economistas europeos juntos. Ni el FMI y sus negativas expectativas sobre la crisis y la tasa de paro. Tengo trabajo y, ¡es una suerte! Pero, sin más.
Mi casa, mi familia, mi perro y el coche se han convertido en la trampa de mi vida. Años de trabajo y, ¿ahora qué? Ya es mío, es decir, a medias con el banco. Pero estoy casi seguro, que de haberlo hecho de otra manera, me encontraría en la misma situación. El ser humano es así, irracionalmente racional, por naturaleza. Sospecho que debería trabar amistad con el lobo estepario, con todos mis respetos a Hesse.
No quisiera llegar a pensar, que los días que he permanecido en cama por la gripe no me he perdido nada. Porque entonces todo se reduciría al vacío más amargo, que no endulzaría ni el deseado cigarro de después de comer. Prefiero sonreír que regalar lágrimas. Ya no me tambaleo cuando me halagan, ni me derrumbo cuando me calumnian, porque cada mañana sigue siendo lo mismo y atrás quedó la infancia.

El caso es que cuando llego a mi hogar a la hora de cenar y lo primero que veo es la casa de Gran Hermano en directo, siento la colosal necesidad de dar media vuelta y cantar mi canción, aquella que sin duda alguna en boca de Gilbert O’Sullivan sonaba infinitamente mejor. “And in my hour of need, I truely am indeed. Alone again…naturally”.

No crean que perdí la cabeza. No. La tentación de un Vega Sicilia y mi tendencia a no dejar las cosas a medias. Eso es, tentación y tendencia.
 


Mary Lou
marylou@extraconfidencial.com