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Otras opiniones

Un muerto en carretera “atropellado” ahora por el Gobierno

Enero 20, 2013

Discúlpeme. La última semana no pude escribirle. Viajé a extranjero buscando el sol y temperaturas que me permitieran llevar camiseta, maldecir el enorme bochorno y desplegarme sobre una tumbona mientras escuchaba el sonido de las olas y las gaviotas. Unas deslizándose sobre la blanca arena y otras acompañando aerodinámicamente al viento sin mover si quiera las alas. Fueron siete días que me permitieron desconectar y reajustar el karma. 

Es llegar a España y que me lleven los demonios. El 1 de diciembre de 2003, Ramón Jorge Ríos Salgado, ejecutivo de una empresa, se lanzó con su coche en dirección contraria por la AP 7 en Valencia. Recorrió 5 kilómetros en los que los que se cruzaron con él creyeron que la muerte les iluminaba directamente en la cara. Acabó chocando con el vehículo ocupado por José Alfredo Dolz y su novia. Él chico murió. A la novia, que todavía tiene pánico al montarse en un coche, se le rompió el corazón. ¡Qué decir de la familia de José Alfredo! El dolor y la tristeza de su ausencia solo podían ser mínimamente compensadas con justicia. El juez lo condenó a 13 años de prisión, pero no ingresó hasta mediados del 2012 cuando el Tribunal Supremo ratificó la sentencia. Su condena debería haberse extinguido en el año 2025, sin embargo ya está libre: sólo ha pasado 10 meses en la cárcel. Y se preguntará usted ¿Es que se ha fugado? ¿Cómo puede ser?

Gallardón, el Justo

Esta vez no podemos echarle la culpa a la justicia. En esta ocasión debe dirigir usted los ojos hacia el Gobierno de nuestra España, la de todos. El Consejo de Ministros, a propuesta del Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, decidió indultarte. Le abrió la puerta de la prisión para que caminase libre entre nosotros ¡¡¡cuando sólo había cumplido 10 meses de los 13 años de condena!!! Y a través de esa puerta también se escapó la justicia.

Escarbando un poco con la uña nos encontramos que la decisión fue arbitraria y poco meditada. Todos los informes que se habían recabado del fiscal, el juez… eran contrarios a la medida. Entonces, ¿qué ocurrió? ¿Porque los elegidos mayoritariamente en las urnas deciden sacar a quién quieren de la cárcel?

Montesquieu muerto una vez más

Se ha sabido que el abogado del homicida es hermano del diputado del PP Ignacio Astarloa y uno de sus compañeros en el bufete de abogados es el mismísimo hijo del Ministro de Justicia. ¿Y me quieren hacer creer que no ha habido una llamada? ¿Que no se ha pedido un favor? Pues mire, yo sospecho hasta el límite de la certeza, grado que ya sabe usted sólo suelo alcanzar cuando leo papeles. Y como yo, supongo que el resto de la sociedad. Porque para mayor descrédito de nuestra cúpula gobernante, no es necesario que expliquen la razón que les ha llevado a dejar libre a un condenado. Y menos la premura con lo que lo han hecho.

Si aplicamos el mismo criterio, ¿por qué no deja el gobierno en libertad a todos los que han robado vidas pertrechados detrás de un volante? ¿No todos tienen abogados conectados con el Ministro de Justicia? Porque si yo fuera millonario y matase a alguien al volante, ¿sabe lo que haría? Acudiría al mismo bufete. Porque sino consigo ser absuelto de forma justa, se que será el Gobierno el que me indulte de forma arbitraria y sin dar ninguna explicación.

Una vara, pero no para medir

Me hierve la sangre, porque contra el indulto no cabe recurso. Porque la única forma de que verdaderamente se haga JUSTICIA es con la revocación de semejante atropello. No me quedaría ahí. Un individuo que es capaz de proponer en contra de cualquier criterio racional y lógico un indulto no merece estar sentado en la mesa del Consejo de Ministros.

Pero es más, si yo fuera abogado, solicitaría el indulto en todos los casos en los que haya tenido clientes condenados, aunque haya informes negativos. ¿Con qué cara me iba a decir el Consejo de Ministros que no? ¿Cuál es la vara de medir? Porque me dan ganas de utilizar la vara para otra cosa. La única forma de que semejante veleidad no vuelva a ocurrir es que se regule por Ley la figura del indulto. Y que sea una figura utilizada excepcionalmente, porque, independientemente del signo político de los que se sientan en las sillas del poder, tengo la sensación de que se reparten como churros. De la misma forma que de pequeños repartíamos en el colegio caramelos. Sólo a los amigos.

Desearía seguir maldiciendo el calor, pero ahora mismo se me ocurren otras muchas personas como objeto directo de la oración. ¿A usted no?

Nacho Abad