Menú Portada
Otras opiniones

Un inevitable gen de Rocroi

Junio 25, 2012

Nuestros Tercios de Infantería siempre perdían sus batallas de una manera españolísima. Terribles en la victoria y mucho más –todavía-, en la bruma cruel de la derrota. Cuando los españoles eran masacrados -no había otra forma de derrotarnos que a través de una sangrienta escabechina sin cuartel-, los vencedores no podían menos que sentirse avergonzados ante tanto valor derrochado y ante tanta ferocidad inmisericorde. Era como si, después de vencer, se vieran obligados a pedir perdón -abochornados y confusos-, ante tanta dignidad ante la muerte, ante tanta sangre y mutilación. Cosas de la época. Cosas de España.

Pues bien, en una de estas famosísimas derrotas -la Batalla de Rocroi-, cuentan que el general enemigo, el muy francés duque de Enghien, se inclinó sobre un soldado veterano español que yacía, tendido y malherido, en el suelo. Educadamente, y aleteando un elegantísimo pañuelo bordado de flores de lis, delante de su monárquica nariz -para librarse por un momento del hedor de la gloria-, elogió el valor de los Tercios, al tiempo que le preguntaba sobre el número exacto de los soldados españoles que aquel día luminoso se habían enfrentado a las fuerzas francesas. El soldado español le miró de arriba abajo, tragándose el dolor de las heridas y adoptando una postura digna, como si perdonara, de corazón, que aquel fulano emplumado fuera francés, general y aristócrata. Por ese orden. Le miró .sencillamente-, y le preguntó “¿qué cuántos éramos? Contad los muertos Excelencia”.

 
Nuestros adversarios nos aprietan el cuello
 

España 2012. Nuestros adversarios ya no necesitan pasearse por un desolador campo de batalla para contar nuestros cadáveres con un pañuelo bordado tapando su nariz. Nuestros enemigos -los de dentro y los de fuera, los de arriba y los de abajo-, sólo tienen que contar los nombres que constan en las listas del INEM, en los ERE, en el colapso de nuestra minería o en los despidos propiciados por las últimas reformas del Gobierno. Facilísimo. Proliferan estas listas de bajas obrantes en los censos y registros públicos. Y es que nuestros enemigos ya no necesitan acercarse hasta nosotros -mirarnos a los ojos-, y clavarnos, de cerca y con valor, cualquier cosa que tenga una punta afilada. Tampoco tienen la noblesse del Señor duque de Enghien. Dios no le haya perdonado todavía.

Nuestros adversarios nos aprietan el cuello desde las lejanas guaridas del dinero; entre un café y otro de una triste máquina automática de pasillo, entre el aflojarse el nudo de una corbata con el dedo, en el bullicio de alguna terminal de aeropuerto, y el envío de un email, y entre una firma de algún informe escrito -apresuradamente-, y una copa en algún bar de moda recién inaugurado. Mercados, Agencias de Calificación, Gobiernos Extranjeros, Unión Europea y demás cosmopolita y bancaria basura.

Ellos no son los mismos. Lo malo es que nosotros tampoco… ¿o tal vez sí?

Héroes en estado puro

En este pasado mes de Mayo, nuestro gobierno -se lo juro, tenemos todavía un gobierno-, reparó una injusticia histórica. No todo van a ser penas, desaciertos y lamentos amargos. El presunto gobierno de España concedió la Laureada de San Fernando Colectiva al Regimiento de Caballería Alcántara, por su comportamiento honroso –mucho más que eso- en las trágicas jornadas del Rif en Julio de 1.921. El Desastre de Annual. Una merecida recompensa al valor militar -en su más excelsa expresión-, que llevaba pendiente desde el momento mismo en que aquellos acontecimientos tuvieron lugar. Justicia lenta pero, al final, Justicia. Y un interminable Expediente Contradictorio que ha terminado felizmente.

Héroes en estado puro. Pero hoy en España existen otros Rif y otros desastres, y lo mejor de todo es que también existen otros héroes. Porque junto al valor militar probado en el fragor de los combates españoles, coexiste otro heroísmo cívico y grandioso. La gloria del parado que -día tras día-, pone un pie después del otro y marcha a encontrar un trabajo que no existe, o el de aquella ama de casa que -ajena a los trapicheos de Wall Street-, consigue llegar a fin de mes estirando un salario cada vez más pequeño. La valentía del minero que lucha por su pan o la del trabajador del astillero que ha dicho basta. El valor de los excluidos y de los descartados: de los que mantienen todavía alzada la cabeza a pesar de la desesperanza y de la opresión.

Esos benditos y gloriosos pobres de España que mantienen la dignidad intacta a pesar de lo que está ocurriendo. Ellos mantienen la esperanza y permiten que podamos seguir soñando en una Nación justa y soberana. Héroes del Desastre. Genes de Rocroi, al fin y al cabo.  

Ignacio Toledano es abogado