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¡Qué fuerte!

Última estación: solidaridad

Julio 25, 2013

Al leer las primeras noticias sobre el descarrilamiento del tren en Santiago de Compostela, enseguida me vino a la cabeza el 11-M y al ver las primeras imágenes, mi mente me transportó, inevitablemente, a aquella fatídica mañana. “Ojalá no haya tantos muertos” fue mi primer pensamiento, y un escalofrío recorrió mi cuerpo, tan frío como el acero de esas vías mortales. Es increíble cómo, automáticamente, en lugar de encender la televisión para informarme, me fui a Twitter para obtener los primeros datos y menos mal que fue así, porque si por la televisión hubiera sido, no me hubiese enterado de nada. No así las radios que, ante la magnitud del desastroso acontecimiento, rápidamente cortaron sus programaciones para empezar a dar datos y hacer conexiones con el lugar del siniestro. Los medios de comunicación cumplen con una labor importantísima en estos casos tan dramáticos. Gracias a ellos sabemos todo lo que ocurrió y cómo. Pero es difícil auto censurarse y ponerse límites, aunque los demás los veamos muy claros.

Actitudes que sobran, actitudes que se agradecen

Aun así, a pesar del derecho a la información, hay imágenes que sobran, por respeto a las víctimas y a sus familias, en televisión y en periódicos, las imágenes de personas destrozadas, mutiladas, ensangrentadas, etc, todo sobra, aunque al final todos miremos y las veamos con el corazón encogido. También sobran los comentarios absurdos sobre si el presidente de la Xunta hizo su discurso o no en gallego o si Rajoy hizo una corta y pega en el comunicado del Gobierno. Feijóo</strong> lloró y las lágrimas no tienen ningún acento, son un idioma universal y expresan el sentimiento y dolor que sentimos todos los españoles. No es hora de criticar ni de politizar sino de llorar y de dar las gracias. Llorar por las víctimas y sus familiares y dar las gracias por tanta solidaridad: vecinos que acudieron rápidamente, los primeros, a ayudar a los heridos y muertos. Personal sanitario que llegó al lugar del accidente y que lo dieron todo por salvar vidas. Los que se quedaron esperando en los centros sanitarios para recibir heridos. Cantidad de profesionales en paro como médicos, enfermeros y psicólogos que acudieron a la llamada del terror para ayudar. Voluntarios anónimos que colapsaron los centros para donar sangre. Bomberos, Policía, Guardia Civil, personal sanitario y personas, gente anónima que lo dio todo por otros anónimos. Todavía hay gente buscando a sus familiares, todavía hay gente que busca desesperada a los suyos. Seguramente sigan llamando a sus teléfonos, oigan la llamada pero nadie responda. Incluso puede que hoy esos teléfonos ya ni si quiera den tono. Ahora sólo queda esperar, enterrar, llorar y dar las gracias por tanto valiente y héroe anónimo que ayudó a salvar vidas o, al menos, lo intentó.

Rosana Güiza Alcaide