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Los puntos cardinales

Ucrania y Crimea, a merced de las ilegalidades

Marzo 18, 2014

El presidente ruso valora las consecuencias de la arriesgada apuesta de Crimea. Estados Unidos y la Unión Europea le han advertido de los enormes efectos políticos y económicos, como hizo la semana pasada Angela Merkel, si bien la canciller se cuidó muy mucho de no emplear el término “sanciones”. Ello demuestra que entre Moscú y Berlín las relaciones siguen teniendo un nivel de diálogo especial. Incluso Gorbachov, que ha apoyado sin fisuras a Putin, reside temporalmente en la capital alemana. La pregunta es si Vladimir Putin ha perdido repentinamente la memoria o simplemente genera desconfianza en Occidente por incumplir lo que firma. Porque cuando se acordó el programa de desnuclearización de Ucrania, tanto los países europeos como Estados Unidos y la propia Rusia se comprometieron a garantizar la integridad del territorio ucraniano. En casi idénticos términos se manifestaron por escrito años después Putin y Víktor Yanukovich cuando suscribieron la prórroga para la permanencia de la flota rusa en el Mar Negro. De hecho, las instalaciones navales de Sebastopol fijaban por escrito que la base albergara a los buques rusos y ucranianos, amarrados a poca distancia unos de otros. Todo ello deja en muy mal lugar al inquilino del Kremlin, que con esos datos, a ojos de Occidente, es un tipo del que las cancillerías no pueden fiarse.

 Ilegalidades de ambos bandos

Lo conocido hasta el momento refuerza ese maniqueísmo tan simplón que en el circo de la política internacional divide a los protagonistas entre buenos y malos, quedando encuadrado Putin entre los últimos. No es el presidente ruso, desde luego, un personaje cuyo apego a las leyes le convierta en referente de seriedad y buen juicio. Su modo de entender la democracia y los derechos y libertades es absolutamente particular. Es el “modelo Putin”, una compleja amalgama en la que igual caben la economía de mercado y el capitalismo más salvaje con las añoranzas del expansionismo soviético. Vladimir Putin quiere crear una zona de influencia inspirada en la Unión Europea, donde prime el librecambio y donde, por qué no decirlo, un puñetazo en la mesa en su momento ponga las cosas en su sitio.

Este proceso ha culminado con el abrumador respaldo de la comunidad rusa de Crimea a incorporarse a la federación tras un movimiento que tomo las calles de Kiev y al que enseguida algunos tertulianos mutados en analistas internacionales identificaron con la Revolución naranja o, en el colmo del desconocimiento, con las revueltas árabes. La secuencia se originó en protesta a la renuncia de Yanukovich a ratificar un acuerdo con Bruselas, influido por Putin, desde luego. Pronto la calle y el espíritu de Maidan empezaron a ofrecer una imagen ideal para los nostálgicos del romanticismo revolucionario. Y Occidente decidió respaldarlo, abriendo un peligroso precedente. Porque parece un simple detalle que casi todo el mundo olvida pero se da la circunstancia de que Víktor Yanukovich abandonó el poder por la fuerza, y no por las urnas. Es decir; fue despojado sin ningún trámite democrático y con la participación activa de elementos de la extrema derecha y el ultranacionalismo ucraniano que supieron infiltrarse en la algarada. La conclusión, por tanto, es que ha habido una notable precipitación por parte de unos y de otros. Europa y Estados Unidos, conmovidos por el bullicio de las calles. Rusia, por la nostalgia de una extensión territorial cuya factura va a pesar como una losa.  

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero