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A renglón seguido

Tragedia en Utoya y Oslo: No hay mal de unos que por bien no venga a otros

Julio 29, 2012

No hay mal de unos que por bien no venga a otros, o al menos es lo que se desprende en ocasiones del acontecer diario. Cada vez que un desastre natural o provocado por la mano del hombre rompe nuestra cotidianeidad, se nos facilita la posibilidad de ampliar nuestros limitados conocimientos sobre la geografía del accidentado Viejo Continente.

Durante el fin de semana se ha conmemorado el primer aniversario de la matanza de 77 personas en Noruega, repartidas entre la zona continental (Oslo capital), y la porción insular, más concretamente en la hasta la fecha ignorada -¿o no?-, Utoya, que sólo era conocida entre los lugareños a la hora de comer.

Ya se sabe que el saber no ocupa lugar, pero en este caso sí y es aquél donde descansan las víctimas que nos propició el -una vez más-, el presunto autor Anders Behring Breivik. El supuesto factor de la masacre iba disfrazado de agente del orden e intentó, entre la gente, establecer el suyo propio a base de violencia de géneros.

La cerradura del destino de Dios

El buen Dios omnipresente y que todo lo puede, bien podía haber mirado con su ojo por el de la cerradura del destino, a fin de tirar de las llaves de la salvación de aquellos pobres pecadores, no cerrándoles la puerta a la vida, y sí abriéndoles la cancela de un infierno de munición y sangre. Bien es cierto que los hechos, con sus desechos, tuvieron lugar en vísperas de fin de semana y, como “no trabaja ni Dios” hasta el lunes, se debería haber habilitado, “como Dios manda”, a San Quintín -patrón de los cerrajeros-, para cubrir las posibles contingencias del “week-end” con los tronos vacantes.

No  han  caído en el combate  de la  pugna diaria. En un intento  de huir de los acontecimientos, no pudieron socorrerse en una carrera por  la  supervivencia. Lucharon  por ponerse a salvo   pero  sucumbieron en gran número a la voluntad del agresor.

Mal gobernada cabeza

Durante el último año el imputado ha gozado de defensa ajena para ejercer la suya y salvaguardar los derechos que él no supo y sí pudo respetar, espetando su ira contra unos desconocidos, pero identificados con una orientación política -socialista-, quizá enfrentada a sus creencias.

Cabe desear que el convicto no salga invicto, y quizá sería conveniente que fuera condenado, llegado el caso, evitando el reconocimiento de los hechos juzgados y demostrados; no fuera a ser que, declarándose confeso del escarnio, encima percibiera alguna corona, no para entronizarlo, sino de la S.G.A.E. escandinava en concepto de derechos de autor material.

Un buen puñado de nosotros perseguimos una jornada tras otra practicar el derecho de habeas ego corpus; o sea, comparecer ante nosotros mismos, en un claro intento de sobrevivir para labrarnos un futuro, aunque la procedencia no sea del agro. Más le habría valido que le hubiera caído encima un pesado arado al presunto degenerado, que habrá generado la desdicha entre familiares y amigos por su mala y mal gobernada cabeza.

Paco de Domingo