Menú Portada
Otras opiniones

Todos somos Natalia

Mayo 27, 2010

Cuando a Natalia le diagnosticaron cáncer de mama, lágrimas manchadas de incertidumbre bañaron su rostro. Había decidido ir sola a la consulta de uno de los mejores especialistas que, desde el jueves anterior, le había sometido a diversas pruebas analíticas para descartar otras enfermedades. Nadie de su entorno conocía las frecuentes visitas de Natalia a la clínica. Vivió una semana de angustia y terror. Habitualmente, cuando los primeros rayos del sol se fundía entre sus sábanas, Natalia frotaba sus ojos y miraba al cielo pidiendo clemencia. Muchas veces creyó que esa sensación formaba parte de una amarga pesadilla de la que iba a despertar cuando la alarma de su teléfono móvil le devolviera al bullicioso mundo del mercado bursátil en el que trabajaba.

 

Pero no. El reloj del ordenador marcaba la diez de la mañana. Natalia anudó un pañuelo al cuello y bajó apresuradamente las escaleras de su dúplex. El gesto del doctor le descubrió la fatal noticia. Natalia lo supo desde que accedió a la sala de espera. Un pálpito. Esa intuición femenina que le había acompañado a lo largo de su vida, incluso aquel día en el que Javier se le abalanzó en la fiesta de su aniversario. Sin embargo, cuando el oncólogo le recomendó someterse a un brusco tratamiento de quimioterapia, Natalia ensordeció. Pensó en Javier, en sus amigas y en el cariño que siempre le habían dispensado sus padres. Creyó enloquecer. No conseguía digerir lo que estaba escuchando. Tampoco sabía si quería. La fuerte voz del médico le obligó a volver a la realidad.

 

Natalia salió de la consulta. Arrancó su coche y dejo volar la imaginación. No sabía que hacer. Esa misma tarde había quedado para ir al cine con su madre. Respiró profundamente y marcó apresuradamente el teléfono de Inés, una de sus mejores amigas, a quien le confesaba lo inconfesable. Su serenidad había conseguido librarle de multitud de depresiones. Inés encajó la noticia con entereza, aunque Natalia -que la conocía mejor que nadie- sabía que las lágrimas estaban brotando de sus ojos. Natalia se dio un baño y volvió la vista atás. Recordó su infancia, su adolescencia y su primer amor. Jugueteó con la fantasía y regresó a cuando su madre le besaba la frente y le deseaba buenas noches. Sabía que debía decírselo, pero la duda le atemorizó hasta que el interfono sonó con insistencia. Una voz dulce le pedía que le abriera la puerta. Su madre tenía pintada una envidiable sonrisa en el rostro cuando se reencontró con una Natalia llorosa. Se abrazaron como si el tiempo se hubiera detenido. Aquella tarde fue diferente. Nunca se le olvidará ese beso que su madre le dio en la frente mientras le prometía que saldría hacia delante. Durmió a pierna suelta.

 

Fueron meses de lucha continua. Javier decidió apostar por ella y le había llenado la casa de unos preciosos pañuelos de seda con los que Natalia cubría su cabeza. La quimioterapia le había demacrado, pero en sus ojos resplandecía la esperanza. El tratamiento surtía efecto. Dos años después, Natalia se casó con Javier. Dejó suelta su melena negra y ciñó su vestido a un cuerpo que vibraba de emoción.

 

Saúl Ortiz es periodista y novelista