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¡Qué fuerte!

Tiritas para el alma

Octubre 21, 2010

El próximo lunes, ocho hombres y una mujer van a decidir el futuro de María Pilar Marcos Rubio, de 64 años, acusada de matar con un cuchillo a su marido, José Antonio Gil Silva, de 77 años, la noche del 2 de noviembre de 2009. El fiscal pide 11 años de cárcel por un delito de homicidio, con el atenuante de arrepentimiento inmediato. La defensa, la libre absolución, ya que María Pilar actuó en defensa propia. Así puso fin esta mujer a 44 años de matrimonio: con un cuchillo clavado en el pecho del hombre. Aunque, de no ser así, puede que, la que acabara con el cuchillo clavado hubiera sido ella.
¿Qué pasó esa noche para que Pilar matara a su marido? Seguramente ella ya no podía más. Ya no soportaba más. 44 años son muchos años aguantando, primero maltrato físico y después, psicológico. Cuando un hombre se hace mayor y ya no tiene fuerza para dar una torta, el golpe lo da con la palabra en lugar de con el puño. Pero, a veces, el que más duele y el que más daño hace es el psicológico. Porque una herida se cura, un moratón desaparece, aunque pueda quedar una cicatriz, pero un daño psíquico y moral no se borra nunca, permanece siempre en la memoria y en el recuerdo, y no hay tiritas para el alma.

Marchitando una flor

Así trataba José Antonio a Pilar. ¿Cuántos insultos habrá aguantado?, ¿cuántos desprecios?, ¿cuántas humillaciones? Tuvieron que ser muchas para que, al final, María Pilar acabara con la vida de José Antonio. Hasta sus hijos lo reconocen y están haciendo lo imposible por que su madre quede absuelta del caso. Todos han vivido en un ambiente de maltrato durante toda la vida. Una familia destrozada y marcada por culpa de un desgraciado que, por ser hombre, se creía superior, mejor y con derecho a hacer lo que hacía.

Todos conocemos a alguien maltratado psicológicamente. Mi amiga, llamémosla Ángela, estuvo durante 9 años con un hombre que jamás le puso la mano encima pero que la destruyó psicológicamente. Él, un hombre al que le iban bien los negocios, pero con una doble vida. Aparentemente feliz con su familia, pero totalmente narcisista y egoísta hasta el punto de no tener límite con las mujeres. Ángela, envuelta en promesas, pasión y amor siempre estuvo a su lado, esperando que le llegara su turno. Él, estaba con ella y con siete mujeres más. Ángela lo descubrió en varias ocasiones, pero él lo negaba siempre, incluso cuando era “pillado in situ”, siempre alegaba que era ella la que estaba loca, era soberbia o una histérica.
Ángela aguantó cuernos, insultos, humillaciones y peleas. Desde el primer día ella sabía que él no la iba a respetar pero ella aguantó, por amor, por un amor inexplicable, incoherente, loco, irracional, pasional, sin medida y ciego. Sólo un rato bueno, una sola caricia o un te quiero le bastaban a Ángela para olvidar la mayoría de ratos malos, de desprecios y de humillaciones. Siempre esperando a que, el día menos pensado, él cambiara. Y la gente no cambia.

Más allá del dolor físico

Al final, Ángela lo consiguió dejar, pero tiene que seguir cargando con su sombra y él se encarga de recordarle que todavía está ahí, con otras delante de ella para que no olvide que no vale nada y que es una “mierda” de mujer y que fue una más. Ángela ha llorado mares de lágrimas de sangre, le ha dolido el corazón como duele una patada. Toma pastillas y, cada día, intenta superarse y quererse un poco más. Cada día que se levanta se mira al espejo y se dice así misma “vete con las demás, no te quiero para mi” y se dice “guapa” aunque él la haya hecho sentir la mujer más fea del mundo. Este amor pasional y ciego es lo que justifica de alguna manera soportar tantos años de maltrato. Por eso entiendo a todas esas mujeres que son incapaces de salir de ese infierno.

Al igual que Ángela, otras muchas mujeres consiguen salir de ese pozo y superarlo porque siempre, lo mejor está por llegar. Por eso, ojalá que María Pilar pueda rehacer su vida, al menos vivir en paz, tranquila y feliz con sus hijos y con la gente que de verdad la quiere, lamiéndose las heridas siempre, si, pero sin miedo ya y sin temer a nadie.

Rosana Güiza

rosanaguiza@extraconfidencial.com