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Otras opiniones

“¡¡Taxi!!”, gritó la descuartizadora con dos bolsas en la mano

Enero 7, 2013

La mala conciencia me pesa. Le escribo estas líneas después de haber permitido que un buen trozo del roscón de Reyes se deslizara por mi esófago. Además de los azúcares que me expanden, para mi desgracia me he dejado media dentadura porque he mordido con ganas la dichosa sorpresa escondida.

Sólo me alivia un poco el hecho de que ayer casi no cené. Le explico. Había quedado con un amigo en un bar del Barrio de las Letras, en Madrid, cerca del Congreso de los Diputados. Me encanta pasear esa zona. En principio, íbamos a cenar y charlar de nuestras vidas, pero mi amigo me sorprendió con una historia que me dejó boquiabierto y que me dispongo a trasladársela ya mismo.

Sorpresa mayúscula

“¿Seguiste el tema de la descuartizadora de Sanchinarro?”, me preguntó antes de empezar a leer la carta del restaurante. Rebusqué en la memoria y recordé que en pleno puente de la Constitución, hace casi justo un mes, unos operarios de la limpieza hallaron la mitad de un cuerpo descuartizado en unas bolsas en el Barrio de San Chinarro, al norte de Madrid. Horas después, localizaron en un vertedero las partes del cadáver que faltaban. No habían pasado 72 horas y los investigadores detuvieron a Irma, una georgiana de 39 años.

          “Me acuerdo”-, le respondí.

          “Pues escucha bien, porque te vas a sorprender”, me anunció.

Y acertó porque tan pendiente estuve de su relato que desprecie la comida y sólo me dediqué a tomar notas para luego poderle contar a usted sin que se me olvide un detalle.

El relato

Asesina, Irma, y víctima, Tamila, eran georgianas y habían vivido juntas. Las dos se citaron en un domicilio en el que la primera trabajaba de limpiadora. Tenían que hablar del dinero que la víctima le debía a su futura descuartizadora. Los dueños de la casa, sus jefes, estaban de viaje aprovechando el puente. La conversación subió de tono y al final Irma, con gran violencia, golpeó con una sartén a Tamila en la cabeza. Cayó desplomada al suelo, lo que aprovechó para rematarla. No hubo sensación de culpa ni de arrepentimiento. Sólo miedo. Tenía que sacar el cuerpo de la casa antes de que volvieran los moradores.

El cadáver pesaba mucho y era muy grande para trasladarlo sola. Además, existía el enorme riesgo de que la vieran y acabase en prisión. Pensó que en partes sería más sencillo. Así que tiró de conocimiento y, como en su país había trabajado en una fábrica descuartizando animales, la troceó. Tardó unas cuantas horas. Antes de limpiar con lejía cualquier vestigio del crimen y de la profanación del cuerpo, distribuyó los cachitos en dos grandes bolsas de plástico. Bajó a la calle con una en cada mano. Tenía que alejar las pruebas de su lugar de trabajo, para que no la vinculasen con el asesinato. No lo pensó dos veces. “¡¡¡TAXI!!!”, gritó al ver que se acercaba uno con la luz verde encendida.

Un viaje con paradas

El trayecto fue surrealista. Al pobre conductor enseguida le taladró la nariz el olor a vísceras, carne putrefacta y sangre seca. Le preguntó más de una vez a qué se debía la peste y qué llevaba en las bolsas. Irma no pudo contener las arcadas y vomitó dentro del coche. El conductor asustado paró el vehículo y la asesina aprovechó para dejar la primera bolsa junto a un contenedor de basura. Volvió a subir al taxi y le dijo que ya se encontraba bien. El hombre decidió seguir con la carrera pero con las ventanillas bajadas a pesar del frío. Hizo dos paradas más. Una para dejar la segunda bolsa y la última donde el cliente se bajó.

Horas después se enteró por los medios de comunicación de la noticia de la aparición de un cadáver descuartizado y sumó dos y dos. El taxista llamó a la policía y les contó lo ocurrido. Los investigadores estudiaron el padrón de todas las viviendas cercanas al punto de recogida y al de destino. Contaban con un elemento para discriminar sospechosas. La que buscaban tenía acento del este según el taxista.

Fue un trabajo tedioso, contrarreloj. Los investigadores creían estar en la buena senda y no querían que la autora pudiera huir. Acabaron localizando a varias mujeres del Este empadronadas cerca del punto en el que el cliente había abandonado el taxi. Sacaron sus fotos y se las enseñaron al taxista. Él identificó a Irma, que -nada más ser detenida-, confesó el crimen.

Nacho Abad