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Los puntos cardinales

Somalia exporta salafismo

Septiembre 24, 2013

La historia del terrorismo en Kenia ha mostrado a lo largo de los últimos quince años que es capaz de superarse en brutalidad. Por el momento el listón ha subido hasta la toma del centro comercial Westgate de Nairobi, aunque nadie sabe si será este el último episodio. Les propongo repasar este periodo y ver hasta qué punto la crueldad parece no tener límites en ese país africano. Recuerden aquel 9 de Agosto de 1998, cuando un doble atentado en las embajadas norteamericanas de Kenia y Tanzania hacía reflexionar a la Administración Clinton que Al Qaida, la base terrorista liderada por el multimillonario saudí Osama Bin Laden, hablaba en serio y extendía sus tentáculos a cualquier lugar donde hubiese intereses de Estados Unidos. Así lo demostraron los más de doscientos muertos y cinco mil heridos en las legaciones diplomáticas de Nairobi y Dar Es Salam.

De Clinton a Obama

Justo al lado, Somalia ha dejado bien claro que es la base del yihadismo más violento en el continente negro. La inteligencia de los países occidentales y de algunas de las naciones vecinas lo define ya sin tapujos como el centro de actividad del terrorismo islámico. Los americanos fueron los primeros en intuirlo tras soportar el horror de ver arrastrados por las calles de Mogadiscio los cadáveres de los miembros de la Delta Force por la turbamulta liderada por Mohamed Farah Aidid en 1993. El paso del tiempo y unas fronteras permeables propiciaron que los terroristas somalíes ampliasen su radio de actuación más allá de sus límites geográficos en el verano de 2010, cuando más de setenta personas que veían la final del Campeonato Mundial de Fútbol por televisión morían destrozadas por un potente explosivo colocado en la capital de Uganda, Kampala. Un año después, en Junio de 2011, el responsable de esas masacres, Fazul Abdula Mohamed, era abatido en un control en Mogadiscio. No había transcurrido un año cuando seis personas perdían la vida en un atentado con granadas en una estación de autobuses de la capital keniata. A comienzos de 2012, el sucesor de Abdula Mohamed, Muktar Abu Zubair, anunció públicamente su compromiso de lealtad a Al Qaida, convirtiéndose de ese modo en la franquicia oficial de la red terrorista para el África oriental. A lo largo de este tiempo el grupo Al Shabab se hacía con un nombre y cobraba un macabro protagonismo, sumando a su causa a multitud de combatientes yihadistas originarios de otras latitudes que disfrutan con la aplicación más salvaje de la sharia, la ley islámica. Sus líderes se inspiran en el wahabismo mayoritario en Arabia Saudí y se calcula que entre siete mil y nueve mil hombres constituyen esa milicia muyahidín de Al Shabab.

Un cambio cualitativo

El asalto de este fin de semana al centro comercial de Nairobi supone un cambio cualitativo en la estrategia del terror de la organización, no ya sólo por tratarse de una operación fuera de sus fronteras. En el esquema de un atentado convencional, la colocación de un explosivo cumple con los requisitos del manual terrorista, en la doble vertiente de provocar el pánico entre los ciudadanos y dejar en evidencia la incapacidad de las autoridades para prevenirlo. En esta ocasión, en cambio, se ha tratado de un moderno centro de ocio con nutrida presencia de occidentales mediante una acción prolongada durante días por sus autores, conscientes de la importancia de sumar horas de relieve mediático mundial. Además, de los integrantes del comando terrorista, dos eran norteamericanos y una tercera británica. Los sucesos de Nairobi han confirmado que la franja de salafismo letal que se extiende desde el Sahel hasta el Cuerno de África se infiltra como un virus en las modernas sociedades occidentales, superando con hechos y con sangre cualquier hipótesis académica.

Ángel Gonzalo, redactor Jefe Internacional de Onda Cero.