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Los puntos cardinales

Siria, urnas y bombas

Junio 3, 2014

Hace más de tres años que Siria vive inmersa en una guerra que ha sacado a relucir, y ya son demasiadas, las vergüenzas y las miserias de una comunidad internacional incapaz de gestionar crisis de esa naturaleza. Desde el punto de vista estrictamente militar, Occidente se retuerce sin poder admitir de manera oficial lo que los analistas expertos en geoestrategia reconocen en voz baja: que Bashar El Assad es el vencedor de esta guerra, como lo ha simbolizado la salida de los rebeldes de la ciudad de Homs, el bastión de las fuerzas opositoras al régimen.

De ser aquel ente cuasi diabólico satanizado por los principales líderes mundiales, el dictador ha sido “el candidato a la reelección”. Assad accedió al puesto en 2000 tras heredar el cargo a la muerte de su padre, Hafez, uno de los gobernantes árabes más influyentes y decisivos de finales del siglo XX. Bashar El Assad se sometía al escrutinio de su pueblo en 2007 obteniendo un éxito similar al de otros reconocidos paladines de la democracia como su vecino Sadam Hussein o Fidel Castro, con un respaldo popular próximo al 100%.

Elecciones en un marco insólito

Esta es, por tanto, la primera vez en la que se han convocado Elecciones Presidenciales con tres aspirantes. Además del propio Assad, el comunista Maher Hayr y el ex ministro Hasán Al Nuri lograron superar las condiciones impuestas, que redujeron a tres los veinticinco candidatos que en un primer momento confiaban en ver su nombre escrito en una papeleta, para lo que debían contar con el respaldo de treinta y cinco diputados del Parlamento de Damasco. Además, se ha exigido a los candidatos que tuviesen nacionalidad siria y que hubiesen residido ininterrumpidamente en el país durante los últimos diez años. Utilizando esas condiciones a modo de criba, el régimen se libraba de cualquier figura molesta, de opositores sospechosos de aspirar a dar el golpe de timón al sistema que durante décadas ha regido al país.

Las elecciones se han celebrado en un marco insólito, en medio de una guerra no acabada, con más de seis millones de personas desplazadas de sus hogares a los que se suman otros dos millones ochocientos mil fuera de las fronteras, refugiados que han huido de la barbarie. Para la mayoría de las cancillerías occidentales estas elecciones suponen una farsa en toda regla, entre otras cosas porque los comicios sólo se han podido celebrar en los territorios que controlan las fuerzas leales a Assad. La diplomacia parece haberse olvidado poco a poco de esta tragedia, la más larga de los últimos años, sucedida en un país que ha presumido a lo largo del tiempo de ser un verdadero museo de historia y arqueología y de una capital, Damasco, cuyos habitantes paseaban a cualquier hora a sabiendas de estar en la ciudad más segura del mundo. A la espera de que se conozcan todos los resultados oficiales, el temor generalizado es que Bashar El Assad se sienta legitimado en las urnas para poner en marcha la ofensiva final contra toda forma de disidencia. Incluso el mediador internacional de la ONU y la Liga Árabe, Lakhdar Brahimi, abandona el barco tras los fracasos de Ginebra y convencido de que las urnas pueden acabar con cualquier posibilidad de diálogo, lo que significa que las papeletas con el nombre de Assad tienen una gran potencia de fuego.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe internacional de Onda Cero.