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Los puntos cardinales

Siria se juega en San Petersburgo, capital de la Guerra Fría

Septiembre 3, 2013

La crisis siria ha dejado el mapa geopolítico mundial más descolocado que un puzzle en el centro de una guardería infantil. Bashar El Assad ha sabido jugar la carta de la absoluta y vergonzante inacción de la ONU para llevar la iniciativa en una guerra que, con el episodio de las armas químicas y del gas sarín, ha cruzado la línea roja de lo moralmente admisible por la comunidad internacional. En este complejo tablero, el presidente sirio ha optado por apostarlo todo a un número, a la espera de conocer la respuesta de la Casa Blanca. Y eso ha hecho que Barack Obama se haya quedado solo, a excepción de un entusiasta François Hollande, que parece querer relevar a sus vecinos británicos en el papel de aliado fundamental y decisivo. El presidente norteamericano se ha visto obligado a levantar el pie y, a pesar de ser comandante en jefe, optar por someter cualquier eventual intervención militar a la consideración del Capitolio, consciente por otra parte de que el horizonte de la economía nacional le obliga a tener contenta a la mayoría republicana en la Cámara de Representantes.

El caso de Hollande es distinto. Desde su despacho del Elíseo, el jefe del Estado francés empieza a dar muestras de que está amortizado, con cotas de apoyo popular indefendibles, pese al poco tiempo transcurrido de mandato. Lo que ocurre en París nos hace pensar en las vueltas y las paradojas de la historia. Diez años después de la monumental mentira con la que se justificó la invasión de Irak, que abrió una enorme brecha entre las administraciones de George W. Bush y de Jacques Chirac, Hollande pretende ser ahora el Tony Blair del otro lado del Canal de la Mancha. Y precisamente han sido los diputados de la Cámara de los Comunes los que le han recordado al primer ministro británico, David Cameron, que el Reino Unido no olvida la pantomima iraquí y sus horribles consecuencias que, un día tras otro, se cuelan en todos los medios de comunicación. En Washington también se toma buena nota de que, entre los grandes de Europa, Alemania no va a secundar ninguna aventura militar, sujeta como está a mandatos internacionales tras la Segunda Guerra Mundial y en la recta final de unas elecciones legislativas. Angela Merkel disfruta de una cómoda ventaja, pero no puede arriesgarse al castigo en las urnas de una población a la que le repugnan las atrocidades del régimen de Damasco, pero a la que la historia del siglo XX le ha hecho abominar cualquier forma de belicismo. En Italia también se rechaza la idea y se pondera el enorme peso de El Vaticano, con el Papa Francisco en contra como ya lo estuvo Juan Pablo en la crisis iraquí de 2013. De modo que, con estos antecedentes, los líderes del G-20 acuden mañana a la llamada de Vladimir Putin a San Petersburgo. Esta Cumbre va a servir para escenificar algo que es de dominio público; que Estados Unidos y Rusia llevan meses distanciándose peligrosamente, más allá de episodios aislados de espionaje. El inquilino del Kremlin no escatimará una sola ocasión para leerle la cartilla al de la Casa Blanca y los debates sobre la crisis de Siria desplazarán cualquier agenda preestablecida.

Echado por tierra la labor de la ONU

Mientras tanto, una vez más quedará de manifiesto que los intereses de las superpotencias echan por tierra cualquier voluntarioso intento de las Naciones Unidas y de su secretario general, Ban Ki Moon, trasmutado en una mera sonrisa amable más propia del portavoz de una ONG que del máximo responsable de la primera organización supranacional del planeta. Tras el G-20, unos días después, el próximo lunes, se reanudarán las sesiones parlamentarias en Capitol Hill. Hacer pronósticos en estos asuntos es tan absurdo como cuando a un analista bursátil se le pregunta por el futuro de un gran movimiento económico y financiero. Siempre responden con una lógica aplastante: “si lo supusiese, sería multimillonario”. Les invito, pues, a no hacer conjeturas. Sólo me limito a recordarles que antes de la charada de las Azores, Al Qaida no tenía ninguna presencia significativa en Irak, como tampoco la ha tenido en los años en los que la familia Assad ha sido dueña y señora de Siria. Porque a nadie en su sano juicio se le puede pasar por la cabeza que, un decenio después de la operación para acabar con el régimen de Sadam Hussein, con los riesgos de enfrentamiento civil sectario a los que estamos acostumbrados, sólo faltaría que el castigo a Bashar El Assad aportase un insólito beneficio para las franquicias de Al Qaida en suelo sirio. Qué miedo me da imaginar a los herederos de Osama Bin Laden muertos de risa viendo la CNN.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.