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Mi Tribuna

Símbolos y diferencias de llamar a las cosas por su nombre

Noviembre 23, 2015

Los símbolos siempre han tenido su interpretación en función de los complejos que todavía nos persiguen. Se dice que las comparaciones son odiosas, pero no nos vendría mal echar un vistazo a nuestro entorno más cercano para extraer algunas conclusiones que estos días de zozobra y temores han servido también de evidente lección.

Para empezar, en España tenemos la costumbre de buscar alternativas eufemísticas cuando lo más sencillo y directo es llamar a las cosas por su nombre. Quiero decir que François Hollande no ha tenido inconveniente alguno en declarar que su país está en guerra mientras por aquí somos timoratos a la hora de hacer planteamientos más directos por un evidente exceso de prudencia. ¿Cuál es la mejor estrategia? Uno no está dentro de las tripas del Estado para analizar someramente qué cuestión es más adecuada en función del momento, pero me ha sorprendido que la declaración de guerra del presidente francés no ha tenido contestación alguna en la clase política de su país. Tampoco cuando, en caliente por la matanza múltiple de París, los aviones franceses bombardearon Raqqa para responder de manera inmediata al Estado Islámico en uno de sus bastiones en Siria. Traslado este mismo escenario a España y en ningún caso saldría una copia exacta de lo que ha ocurrido en Francia.

Diferencias entre Francia y España

Tampoco es cuestión de hacer tabla rasa con una manera de actuar. Hollande se ha visto estos días con Sarkozy o Le Pen, abiertamente contrarios en su manera de hacer y pensar la política francesa, pero la adhesión hacia un pensamiento unánime y firme ha sido la nota predominante de esas conversaciones necesarias para un momento tan delicado.

Mariano Rajoy ha tenido que buscar sus alianzas políticas sin poder evitar el desencuentro. Al menos, ha sacado partido a su entendimiento inmediato con Pedro Sánchez y el ofrecimiento de Albert Rivera. Los tres representan ahora buena parte del pensamiento político de España traducido en hipotéticos votos y que la mayoría de la Cámara Parlamentaria apoye al Gobierno es un gran paso. Sin embargo, las públicas discrepancias que han mostrado otras fuerzas políticas desintonizan con aquello que muchos llaman altura de miras que, simplemente, es poner por encima los intereses generales a los partidistas. De eso sí tenemos mucho que aprender tras la lección de los franceses.

¿Un parlamento español entonando el himno?

No, no me imagino el Congreso de los Diputados guardando un respetuoso silencio en una sesión extraordinaria mientras habla el presidente de la Nación. Y no, no me imagino ese Congreso cantando o, en este caso, tarareando, el himno español al acabar una intervención que pasará a la historia por su trascendencia y simbolismo. Merece la pena bucear sencillamente en Google o Youtube para revivir ese momento que unía a toda la política de un país alrededor de una causa. En España, confundimos la pluralidad con el oportunismo y sería impensable ver a un parlamentario de Convergencia, PNV u otros, entonando la sintonía del himno. Así de simple.

Europa está ante su gran oportunidad de reforzarse como eje vertebrador de los intereses comunes en el Viejo Continente. Es una cuestión de saber diferenciar unidad “por” o unidad “en contra de”. No olvidemos que los Yihadistas de los atentados de París no han venido de fuera. Eran y son ciudadanos europeos que han crecido en barrios marginales donde se alimenta el radicalismo entre pobreza y marginación social. Porque este aspecto resulta esencial en el análisis de una situación que tiene mucho que ver con la educación de base y el fijar unos criterios de unidad de acción para que la verdadera integración europea sea una realidad y no la quimera que desde hace años viene persiguiendo la UE a base de invertir millones con dudoso retorno.

España ha padecido durante décadas el azote del terrorismo al que se enfrentó desde la firmeza y flaqueó cuando los gobiernos se plantearon otras alternativas que no fueran la estricta aplicación de las leyes y la implacable lucha policial. El 11-M de Madrid fue nuestro 13-N de París pero no supimos afrontarlo como lo han hecho los vecinos. A tres días de unas elecciones, los políticos se entregaron a la tarea de ganar en las urnas aprovechando el dolor y el shock, rentabilizando los muertos y culpando al adversario de un terror que no entiende de argumentaciones políticas. Lo más ejemplarizante es que el himno de Francia fue capaz de unir a un continente y el de España, todavía, divide a un país entero.

Félix-Ángel Carreras Álvarez

@fcarreras68