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Rope-a-dope

Rifles, Charlton Heston y fe en Dios

Marzo 9, 2017
trump

El 22 de noviembre de 1963 la calle Elm se convertía en testigo de uno de los crímenes más controvertidos de la historia. Y no hablamos de la situada en Nueva York, donde se circunscriben las fechorías del antagonista Freddy Krueger, sino de la ubicada en Dallas (Texas) donde también ocurrió una auténtica pesadilla. El presidente de los Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy recibía varios impactos de bala, mortales de necesidad, mientras realizaba una visita política subido en un Lincoln Continental Convertible. El nombre del vehículo hacía presagiar algo parecido a lo ocurrido en el Teatro Ford un siglo antes.

Mucha ha sido la tinta que ha corrido sobre uno de los magnicidios más famosos de la historia reciente. Y gran parte de ella, sobre todo la que impregna los papeles de la comisión encargada de esclarecer las incógnitas que surgen respecto al asesinato de Kennedy -la Comisión Warren-, ha sido sellada y ocultada para siempre en los archivos a los que la opinión pública tiene acceso. De hecho, el archivo de documentos sobre el asesinato de John Fitzgerald Kennedy, sito en Washington contiene numerosa información salida de la comisión encomendada por el vicepresidente, pero la mayor parte de ella, retenida por el Gobierno de los Estados Unidos.

Las conclusiones de la Comisión Warren parecen claras: “los disparos fueron hechos desde una ventana del sexto piso del Texas School Book Depository; sólo se realizaron tres disparos; la misma bala que hirió al presidente en el cuello hirió al gobernador Connally; los disparos fueron hechos por Lee Harvey Oswald”. Entonces, ¿a qué se debe el mantra de secretismo que parece envolverlo todo?

Muchas son las teorías conspiratorias que circulan sobre la muerte de JFK aquel fatídico y misterioso 22 de noviembre de 1963. Todas ellas alentadas por innumerables cabos sueltos -las testificaciones convencidas de la inocencia de Oswald, el asesinato de éste a manos del chivo expiatorio Jack Ruby, el fusil frío, la posibilidad de más de un francotirador- que dejan entreabierta cualquier suposición. Una de ellas señala con puntero láser al mayor beneficiado de la calamidad kennedyana, su sucesor en la Casa Blanca, Lyndon B. Johnson, sobre el que corría el rumor de que sería cortado de su carrera política como vicepresidente y posible relevo de Kennedy por sus escándalos políticos.

Sin demasiados rodeos el fracaso de la invasión de la Bahía de Cochinos, la crisis de los misiles con Cuba o el sostenimiento de una actuación militar injustificada en Vietnam sentenciaron a tres disparos fatales a un soñador que creía en los derechos civiles y en la erradicación de la pobreza. Su programa de inversiones sociales, su plan de eliminación de la segregación racial y su acercamiento a otros países e ideas políticas fueron cercenados de golpe el 22 de noviembre de 1963. Porque a muchos gallos norteamericanos no les gustaba lo que JFK había hecho ni tampoco lo que tenía pensado hacer.

Ahora, 54 años más tarde, al presidente de los Estados Unidos le cercan otros problemas de política internacional. La construcción de un muro que separe a su país de México, la deportación de inmigrantes, la decisión de inmiscuirse sobremanera en la situación siria, la declaración de zonas de guerra o la autorización de torturas no son el problema. Como Cochinos, los misiles o la cuestión del color tampoco fueron problemas para los opositores de JFK.

El problema es la licencia y la extrema libertad con la que se toman  decisiones en el país de los 50 estados. El problema es que si en algún momento Donald Trump supusiera un problema, se acabará el problema. Como ocurrió con JFK.

Así se solucionan los problemas en el Hollywood del sueño americano. Y ese es el principal problema, la solución. Y viceversa. La solución también es el problema. La aceptación de la violencia para solucionar desaguisados, justifica la violencia, al mismo tiempo que solo crea más violencia. Ya lo predijo Gandhi.

El problema es que ningún tipo de violencia es válida. Y nadie es quien para legitimar una acción violenta sobre otra. Así murió JFK y así ganó las elecciones Trump. Rifles, Charlton Heston y fe en Dios. Ese es el problema. Y es demasiado tarde para cambiarlo.

Jesús Prieto