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Otras opiniones

Sexy Caperucita

Febrero 20, 2010

Podría despertar todos mis sentidos más uno con un solo movimiento. Lo supe nada más verla, a menos de dos metros, entre la multitud y la humareda propia de las noches de vigilia. Ligeramente inclinada, con un vestido ceñido marcando los surcos del desierto que recorrería mil veces cada noche antes de acostarme, sin mochila y sin botijo. Morir de sed en sus dunas, sin duda deseo de muchos. Figura colosal, aroma intenso capaz de acaparar la sala, nada que ver con la fragancia. Pura hormona femenina, un frasco tapado al vacío a punto de estallar.

Si hubiese tardado tan sólo un segundo en pensar en acercarme habría salido huyendo, una vez más en esta vida de elección constante me dejé llevar. Pasos firmes, ligero temblor, ¡qué contradicción! Perdí la cuenta de mis latidos. Recuerdo estar a punto del desmayo y sucedió en ese preciso instante que dejé de ver su espalda para descubrir su rostro.

Clavó sus ojos verdes como un puñal, a traición, en los míos que brillaban de emoción, de impaciencia, de incredulidad. Parecía que llevara horas esperándome, y sin embargo éramos dos novatos en un juego de miradas.
¿De qué color era el vestido? Y yo me lo pregunto, después de observarla desde al menos tres ángulos distintos podría decir cualquier color y me estaría equivocando. Si no fuera por sus labios, por aquellos zapatos de tacón que encajaban a la perfección en sus pies de porcelana.
La muñeca del vestido rojo, ah sí… era rojo. Tenía que serlo. Su boca, los zapatos, allí empezó todo, en sus tobillos. Allí comencé a desear peregrinar su figura de abajo a arriba, haciendo noche en cada una de sus posadas.

Invitarla a una copa habría sido algo demasiado simple para tanta perfección fundida en un cuerpo, más que un cuerpo, era un ser que desprendía encanto por los cuatro costados. Opté por no decir nada, por aquello de “una imagen vale más que mil palabras”, y así fue como caímos los dos en un maravilloso pozo sin fondo.
Cinco, diez, quince minutos, eso fue lo que decía el reloj de “Coca Cola” encima de la barra. Yo no veía ni captaba el tiempo en ningún sitio; una situación de las que le hacen a uno reflexionar sobre la existencia del mismo. Me miraba, la miraba… se aproximó a mí, cerca muy cerca. De su boca emanaba un aroma dulce, manzana. Licor de manzana. El lobo quería la cesta de la merienda, Caperucita la golosina, el bombón.
Después de imaginar una infinidad de situaciones para secuestrar a la princesa, la princesa me agarró la mano para llevarme a su castillo encantado. Nadie habló nunca de las dimensiones del castillo, así que un pequeño aseo de bar nocturno podría valer como tal. Al menos yo lo acepté en mi cuento de hadas.

Rojo pasión, rojos sus labios que besé hasta la saciedad, rojos sus zapatos que fueron lo único que permaneció intacto. Recuerdo rojas las uñas de aquellos dedos largos seductores, deslizándose en las paredes de blanco azulejo. Me recuerdo a mi mismo besando sus senos, bebiendo su saliva envenenada. El viaje de su estómago, que conoció mi lengua buscando su ombligo.

Los tirantes de su vestido se dejaban caer, dejando a su paso una piel aterciopelada, ligeramente erizada, descubriendo un cuerpo cargado de secretos. No llevaba ropa interior, o al menos eso creo recordar, porque sentí el cálido efluvio de la pasión sobre mis piernas.

Su piel de indescriptible sabor, la temperatura indescifrable de su sexo. Incandescencia, desenfreno, fusión; un beso que daba paso al siguiente, mis manos cubriendo sus senos, despertando sus sentidos; su vestido olvidado colgado tras la puerta.

El escaso tacto de sus muslos, cubiertos casi en su totalidad por las medias de liga. Su pelo sobre mis hombros, tapándome la cara. Una entrega absoluta en un baño cualquiera de un bar en medio de una ciudad cualquiera, con una mujer que dista mucho de llamarse cualquiera.

Sus movimientos embriagadores, me permitían sentirme dentro de ella por segundos. El vaivén, y sus labios, siempre sus labios. Éramos dos desconocidos temblando de placer, tal vez de miedo. Quise ser el lobo y me terminaron cazando, pero me dejaría cazar de nuevo, las veces que fueran necesarias, con tal de volver a sentir el peso de su cuerpo.

Ella gemía, susurraba, mordisqueaba el lóbulo de mi oreja derecha. Aprisioné extasiado su boca, y cerré los ojos. Pude ver todo… rojo, no podía ser de otra manera. E inhalé su aroma por última vez. Poco después, en el mismo lugar nos vestíamos como dos desconocidos. Como lo que éramos. No me atreví a preguntar nada, ni siquiera intenté comprender, tampoco indagar; quizás porque de haber sido así no me hallaría ahora relatando la magia de un momento fugaz.

Y nadie dijo nunca que el lobo y Caperucita se conocieran, tampoco que se entendieran. Pero yo debo ser un loco que ingenuamente se cree sus cuentos. Un loco feliz en su locura.

Mary Lou