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A renglón seguido

Ser gracioso, o caer en gracia

Febrero 23, 2015

Tenemos una buena colección de elementos de los que hacemos acopio de forma más o menos precipitada en la idea de que pueden y deben servirnos para alcanzar un estado de felicidad duradera y permanente en el tiempo: un buen coche, una buena casa, una buena cuenta corriente y otro tipo de estímulos que exornan la atmósfera de consumo en la que respiramos para alcanzar lo que nos han vendido como confort y sosiego de satisfacciones.

Sin embargo hay un componente vital que no se suministra en grandes almacenes de los de antes ni en grandes superficies de las de ahora; tampoco se dispensa a través de receta por no existir galeno que pueda prescribir la dosis adecuada para mejorar nuestra calidad de vida; me estoy refiriendo al sentido del humor, que, junto al común, configuran los siete que nos ayudan a percibir todo un mundo de sensaciones.

Humor que despeja o nutre la mente

A lo largo de mi vida, de la que he dedicado la mitad a satisfacer, o al menos haberlo intentado, al nunca suficientemente satisfecho monárquico cliente –no en balde uno me enseñó a catalogarlo como “su majestad”-, he tenido la oportunidad de conocer a impresentables y a otros insustituibles, algunos ya fallecidos, que anegaban con su presencia el vacío de conocimientos al que estaba sometido por mis carencias.

Pero el aspecto que más valoro de los añadidos a mi enriquecimiento es, como vengo de comentar, el humor; pero no el vítreo o el acuoso sino el que despeja y nutre la mente por la generosidad de quienes tienen ese don y además lo participan en comunidad para su bendito lucimiento –buscado o no- ilustrando al entorno del que he sido partícipe a lo largo de los años.

Desconfía del hombre que no tiene defectos

A partir de ahí, siempre aparecen los que no se enteran, ni se enterarán, del guión escrito en el aire como soporte verbal de la transmisión del conocimiento –gratuito (en el mejor sentido de la palabra)- vertido sobre el que tiene disposición para asimilar y aprender. Además, con frecuencia, va ligado a la inteligencia, mercancía no exportable y tan escasa en algunos pagos y que siempre cotiza al alza sin límites en el mercado de la coherencia.

Es difícil no encontrar alguna ventana a la que asomarse y donde sentirse cómodo: blanco, negro y hasta amarillo. Para todos los gustos, pero estos solo se verán satisfechos si hay una disposición previa del individuo con permeabilidad y porosidad para absorber el caudal de los mensajes ajenos. Cierto es, que hay que saber privarse en ocasiones de verter determinados contenidos obligado por el perfil del entorno en virtud de factores como la edad y el fondo cultural –incluido el religioso tan actual en su vertiente más luctuosa (Charlie Hebdo)-.

Nunca fue lo mismo, y no va a cambiar ahora, ser gracioso que caer en gracia o la amalgama de ambos conceptos. “Desconfía del hombre que no tiene defectos”, quizá por eso de ellos hago colección, aunque sea contra mi voluntad con la que tengo que pelear a diario en el combate por la supervivencia de la sonrisa.

Paco de Domingo