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Mensaje en una botella

Secuestrado por la huelga del Metro

Julio 1, 2010

Como en el anuncio de cerveza que invita a volver a casa por el Mundial, aquel martes decidí encaminar mis pasos hacia el piso de mi padre para ver el partido de España junto a él. Sabía que tenía que salir con tiempo porque el asfalto de Madrid, que abrasaba por el calor, estaría congestionado por el tráfico. Pero soy usuario el transporte público y pensé que sortearía las dificultades. Me equivoqué.

La huelga de trabajadores del Metro madrileño había provocado que los autobuses circularan llenos y que hubiera más conductores particulares al volante que un día laborable cualquiera. Los huelguistas no estaban respetando los servicios mínimos y llevaban a cabo un paro total (como ellos lo definían) o salvaje (como define la Real Academia a aquéllo que es rudo). Por eso salí de casa con tiempo después de rechazar la invitación de mi amigo Ricardo Ríos, un abogado muy respetado que me había ofrecido ver el partido junto a él en un local cercano a mi apartamento.

Como sardinas en escabeche

La cola de usuarios del autobús daba la vuelta a la esquina cuando llegué. Al principio no di crédito. Al final di las gracias por poder subir al vehículo. Amontonados, aprisionados, hacinados, viajamos durante una hora con el traqueteo constante del autobús, que se detenía en cada parada. Apenas subían pasajeros porque eran muy pocos los que bajaban. Comprendí lo que sienten las sardinas enlatadas en escabeche porque el calor era tal que ni siquiera el aire acondicionado del autobús neutralizaba el sudor de algunos de los apiñados usuarios. Tuve suerte porque los sudorosos no eran muchos, pero ya se sabe que en ciertos asuntos no importa tanto la cantidad sino la calidad.

Bajé del autobús en la última parada, cuando el vehículo escupió por sus puertas a todos los que habíamos soportado el largo viaje. Nada más bajar del vehículo, me apresuré a subir al siguiente. Necesitaba otro viaje hasta llegar a mi Destino. Este segundo trayecto fue aún más largo, sofocante, fatigoso y preocupante. Era preocupante porque el tiempo pasaba y se acercaba inexorablemente la hora de comienzo del partido.

La sensación de zozobra comenzó a cundir a mi alrededor. Una gran parte de viajeros se soliviantó hasta tal extremo que optó por responsabilizar al conductor de la lentitud del autobús. Lo que le molestaba a esa gran parte de viajeros era el riesgo que corría de perderse el partido de fútbol. Pero no ocurrió. Al final todos llegamos a tiempo.

Entiéndeme tú a mí

Al día siguiente repetí la experiencia viajera pero a la inversa. Padecí idénticas penalidades, aunque sin el temor de perderme el partido de España. Veinticuatro horas después, acabó aquel viaje de ida y vuelta que llegó a parecer en algún momento un viaje sin retorno.

La sensación de estar secuestrado por la huelga del Metro, me hizo sentir insignificante. Casi tan insignificante como me sentí al comprender que yo era un rehén por el que nadie pagaría un solo euro porque nadie había pedido un rescate. Comprobé que la sabiduría popular es insuperable: No somos nadie.

El derecho a la huelga es tan sagrado como la Constitución, pero el derecho a garantizar el cumplimiento de los servicios mínimos también forma parte de la legislación con la que la Democracia nos obsequia. Tomando prestado el título de la magnífica obra de Eloy Arenas: “Entiéndeme tú a mí”. Nadie pagó mi rescate. Sin embargo, yo tendré que pagar una parte de los 3,2 millones de euros que cuesta cada día la huelga total o salvaje en el Metro.

 

Juan Diego Guerrero es director de Noticias Fin De Semana en Onda Cero

jdguerrero@extraconfidencial.com