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Otras opiniones

Se sumergía en las olas de una realidad paralela…

Abril 3, 2014

Ruptura
 
Se quedó perpleja delante del monitor. ¿Cómo osaba decirle semejante cosa por correo? Incapaz de pestañear, para evitar que cambiaran las palabras de lugar, imaginó la situación que le estaba proponiendo. Se puso a sí misma, casi de forma inconsciente, en una situación que le beneficiaba muy poco. Notó que perdía contacto con la realidad, se sumergía en las olas de una realidad paralela.
 
De pronto sonó la puerta. Se levanto a abrir. Inaudito. Del otro lado se encontraba él. ¡No podía creerlo! Había que tener valor. Cerró de un portazo. Volvió al ordenador y tecleó: ´Vete al cuerno. Por cierto, la gata se queda conmigo´.
 
Ébano

 
Observaba su cuerpo con dulzura. Sentía el aire contorneando su figura, lo imaginaba deslizándose alrededor de sus caderas, erizando
el vello a su paso en señal de bienvenida. Se vio a sí mismo ingrávido, sobrevolando la llanuras de su vientre. Resultaba tanto una provocación como un objeto de culto. Y contra toda expectativa, se decidió por esto último. La guardó en su memoria y la rindió pleitesía durante el resto de su vida.
 
En una ocasión, le preguntó un amigo suyo por su idilio con aquella cantante de color tan famosa. Lacónicamente, le respondió: -Adorable-.
 
Bella y Bestia
 
Con su aspecto de fiera resultaba intimidante. No obstante, ella le puso la mano en el pecho y comenzaron a bailar. A medida que giraban, el manto de pétalos de rosa depositado en el suelo se retiraba para dejar ver el mármol que cubrió el otrora brillante salón de ocio. Pero su tobillo no aguantó y cayó al suelo. Rota por dentro, vencida por fuera. Él, bestia y hombre en uno, rugió a los capiteles de las columnas que miraban desafiantes. Y ella se desvaneció en sus sueños. Jamás encontraría a una mujer que le amara. Estaba condenado.
 
Al salir del cine, vagaba en mí el sentimiento de que somos bestias maltratando la naturaleza. Y nos estamos condenando. ¿Quién nos amará cuando no tengamos dónde?
 
Tópicos
 
– ¿Aún estás ahí?
– Claro, ¿dónde habría de estar?
– ¿Puedes alcanzarme un destornillador?
– Pero entonces suelto la puerta.

– Vaya, creí que podías hacer dos cosas a la vez.

 Ella soltó el asidero que tenía entre sus manos. La pesada superficie de madera cayó sobre la cabeza de su pareja. Ni siquiera las viejas y oxidadas bisagras amortiguaron el golpe.
 
Pacientemente, como un científico en un observador astronómico, le sugirió: -¿quieres que te traiga un poco de hielo junto con el destornillador?
 
500 C.C.
 
Alex tiró del cable, bajo la atenta mirada del encargado. Una rueda engranó a otra y el tiovivo se puso en marcha. Era pequeño, con un coche de carreras, una moto y un par de caballitos.
 
Observó feliz la instalación durante unos instantes, el ronroneo que emanaba al girar y las luces caprichosas que le atraparon con su encanto. De súbito, saltó en la moto, justo cuando pasaba delante de él.
 
Años después, sus padres recordarían este momento cuando veían al campeón en la televisión.
 

© Javier González Cantarell