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Otras opiniones

San Valentín: día de rosas y espinas

Febrero 8, 2010

Decía Antonio Machado que el hombre no es hombre hasta que no oye su nombre de  labios de una mujer.  

<div>Yo aseguro que muchas mujeres no lo son hasta que se olvidan de pronunciarlo.

El 14 de febrero muchos celebrarán el día de la “imbecilidad transitoria”, como así lo definió Ortega y Gasset.
¡Cuántos romances se inauguran en febrero por el efecto sugestión y terminan en el mes de marzo! Si yo os contará la cantidad de secretarias que corren a la floristería más cercana, por órdenes de jefes nauseabundos, a comprar flores en forma de capullos, mientras, ellos esquían en Gastad con parientas perpetuas, recordando en sueños a la bella y amada Dulcinea: su amor, como el de Don Quijote, muere cuando recobran el juicio… a un mes vista. Y todo por un beso encantado y una noche de pasión.
Hay que tener mucho cuidado con tanto desaprensivo que se aprovecha del Santo guiado por el único instinto de llegar al catre.

¿Por qué le llaman amor cuando quieren decir sexo?

El enamoramiento no es otra cosa que una enfermedad y un estado anormal de hormonas alocadas, órganos en erección, secreción, dilatación…¡Qué tormento! Todo es producto de la química que produce una anfetamina natural segregada por nuestro cerebro denominada feniletilamina. Según estudios clínicos, esta sustancia produce tal dependencia que es capaz de dejarnos sumergidos en la más profunda depresión.
El mal de amores no es otra cosa que el síndrome de abstinencia ante la carencia de las altas dosis de feniletilamina y dopamina en nuestro cerebro. Y es que, cuando hay química con alguien, es tal el impacto bioquímico que se produce que todo nuestro sistema nervioso y endocrino se altera por completo. Es entonces cuando podemos sentir esa fuerte pasión, la taquicardia, la obsesión por el enamorado, las noches en vela, la sensación de vivir sin vivir en mí que sentía Santa Teresa.
Estoy segura que en breve podremos comprar en farmacias la pastilla del enamoramiento. Algunos incluso se atreverán a mezclarla con la viagra para así profundizar más en su amor propio y no tener si quiera que compartir el polvo. Este es el futuro involucionado de una sociedad tan evolucionada como la que tenemos.
 

19 días y 500 noches

Miedo me da ese día. No gracias, ni acepto flores de enamorados que me adoran en la distancia ni cenas a dos velas. Prefiero comerme un bizcocho de chocolate a solas para estimular mis hormonas que quedarme colgada de alguien del que vaya a tardar en olvidarme 19 días y 500 noches como dice Sabina en su canción.
No quiero más emociones fuertes en mi vida ni chutes de amor en vena. A estas alturas de la película soy una yonqui rehabilitada    que odia el día de San Valentín. Quizás porque nunca estuve enamorada, quizás porque lo estuve demasiado, yo sólo quiero la tranquilidad de un amor duradero que emerja de sentimientos y no la revolución de una pasión caduca proveniente de los sentidos. A estas alturas de la vida no me interesan los experimentos con gaseosa sino las realidades empíricas. El enamoramiento es una ficción creada por una insatisfacción que casi nunca tiene sentido. Quien diga lo contrario es un pobre necio que se enfrenta a la Ciencia de la Sabiduría que otorga la edad y la experiencia.
Cuando a Tom Clancy le preguntaban por la diferencia entre la realidad y la ficción, aseguraba: “La ficción siempre debe tener sentido”.

Teresa Bueyes