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Los puntos cardinales

Rusia y China marcan en la prórroga

Julio 15, 2014

Seguro que cuando lean estas líneas quedará todavía algún alemán empapado en caipirinha entre los callejones que desembocan en Copacabana. Ha terminado la fiesta y ha llegado la hora de valorar esto en todos sus términos, incluso los extradeportivos, porque lo ocurrido en Brasil no puede entenderse separando la competición de los sentimientos ciudadanos que la rodean. En lo estrictamente futbolístico, el mundo ha presenciado cómo la selección que ilusionó durante generaciones ha fracasado, ha sido humillada como nunca antes. Y en la coyuntura social y económica de Brasil, de este Mundial se esperaba un efecto anestésico, pero sólo si se conseguía una victoria que ocultase las desigualdades provocadas por el campeonato, que será recordado como el más caro en la historia del balompié.

A partir de ahora, el calendario corre en contra de la presidenta, Dilma Rousseff, que hoy clausura en Fortaleza la reunión de los denominados BRICS con la que pretenden plantar cara a la ortodoxia del FMI y del Banco Mundial. Dilma aspira a la reelección en Octubre y en estos tres meses tendrá que ser lo suficientemente hábil como para impedir que los desequilibrios del sistema salgan a la luz y se desborden justo antes de que a unos votantes a los que se les agota la paciencia acudan a las urnas. Porque el paso de los años ha puesto de relieve que el modelo social aplaudido en todo el mundo que impulsó Luis Inacio Lula Da Silva tuvo rápidos efectos en la reducción del número pobres. Eso nadie lo discute. Pero poco a poco se gestó una red clientelar de corrupción en los ámbitos de la Administración que dio lugar a encarcelaciones de destacadas figuras del poder. Y el problema no ha acabado con Dilma.

Argentina y las incógnitas de Cristina Fernández

Al otro lado de la frontera las cosas no son muy diferentes. Porque este también era el mundial de Argentina, desde donde decenas de miles de personas viajaron a Brasil a vivir un sueño que se tornó en pesadilla frente los panzers alemanes. Qué asuntos no tendrá que ocultar la Casa Rosada para que Cristina Fernández Kirchner no acudiese a la final a compartir palco y foto con Dilma y con Angela Merkel. Mientras corría el balón por el césped de Maracaná, los nervios se sucedían en Buenos Aires, con el peso de los mil trescientos millones de dólares que las arcas australes tendrán que pagar tras el fallo de un tribunal de Nueva York en el caso de los fondos especulativos.

En ocasiones anteriores nos hemos referido en esta misma sección a las vicisitudes de un Gobierno al que se le amplía el catálogo de escándalos y que tiene la desfachatez de dejar que el responsable de Economía, el procesado Amado Boudou, liderase los fastos del Día de la Independencia. La pregunta está en todos los ámbitos. ¿Dónde está realmente Cristina?. ¿Acaso su enfermedad es más grave de lo que oficialmente se ha dicho?. ¿Está capacitada para seguir gobernando?. Acostumbrados a la retórica bonaerense, no esperamos una respuesta concreta a estos interrogantes. Sí sería bueno, al menos, conocer con todo detalle cómo transcurrió el encuentro del sábado entre Cristina Fernández de Kirchner y Vladimir Putin. De esta cita y de la recepción a la selección nacional de fútbol son las únicas imágenes que hemos visto de la presidenta. Putin ha hecho su gira por América Latina poco antes que su homólogo ruso, Xi Jinping. Ambos saben de las deficiencias de algunos países que hasta hace poco enarbolaban con orgullo la bandera de la nueva izquierda hemisférica con éxitos no contrastados. Ha pasado el tiempo y tanto rusos como chinos se provechan de lo ventajosas que resultan ahora para sus intereses las condiciones en algunas de esas naciones gobernadas por mujeres que ocultan sus errores tras egos superlativos. 

Ángel Gonzalo, Redactor jefe Internacional de Onda Cero.