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¡Qué fuerte!

Rosana en África II

Junio 29, 2012

Erase una vez, en un país llamado Zimbabue, donde vivía un niño de nombre Creflo que fue abandonado por su madre al nacer. Su abuela, coja y vieja, se hacía cargo de él y lo cuidaba con amor. A sus 4 años, ya tenía que buscarse la vida solo. Caminaba todos los días 4 kilómetros para ir a la escuela, pero el colegio no tenía techo, ni paredes, ni puerta, ni ventanas. La escuela imaginaria era el tronco de un árbol y el techo sus ramas.

Hiciera frío o calor, aire o lluvia, Creflo aprendía bajo la sombra. Un día, Creflo empezó a recibir ayuda de un hada madrina. El dinero que ella le mandaba supuso para él, su abuela y su comunidad un alivio y unas garantías mínimas de vida.

En un poblado no muy lejano vivía Luci, una preciosa niña que tampoco tenía padres porque habían muerto de SIDA, pero tenía un padrino maravilloso que le había mandado un dinero extra por Navidad. La comunidad de Luci decidió invertir ese dinero en comprar una cabra. Mandaron la foto de la inversión al padrino y éste decidió dar el mismo dinero para que compraran otra y así aparearlos. Hoy, la comunidad de Luci tiene un rebaño de diez cabras. Y así con Bokana, Thandeka, etc. Todos estos niños tienen un padrino o una madrina y viven gracias a ellos.

300 bolígrafos para 500 niños

Trescientos bolígrafos de colores, tres balones de reglamento, y unas cuantas cosas más han iluminado sus caras. Pero es triste ver como se pelean por un boli, te miran desesperados suplicando que les des uno, con esas caritas llenas de mocos, moscas y polvo. Entonces se parte el alma porque sólo hay trescientos y ellos son quinientos. 

Tienen las manos ásperas por culpa de la tierra, la piel brillante de tanto sol, el pelo muy corto y anillado como angelitos, los pies y las piernas blanquecinas de andar descalzos, la mirada iluminada llena de vida y la sonrisa constante dibujada en sus bocas. Son felices en su pobreza, no necesitan más de lo que tienen porque no conocen lo que hay más allá. No imaginan que haya algo mejor que su miseria.

Aun así, te abren las puertas de sus casas, te ofrecen la poca comida que tienen y, encima, te dan las gracias por dignarte a compartir con ellos su día a día. Así es la gente de Zimbabue. Tenemos tanto que aprender de ellos… Alguien me dijo que África me robaría el corazón y llevaba razón: me lo ha robado y se queda aquí. 

En www.rosanaenafrica.com están todos los datos para hacerles la vida un poco más feliz. Gracias. 


Rosana Güiza Alcaide

rguiza@extraconfidencial.com