Menú Portada
Otras opiniones

República Dominicana, entre el cólera y la pared

Noviembre 28, 2010

El pasado mes de enero un terremoto de 7 grados asoló la capital de Haití, Puerto Príncipe. La ciudad más poblada del país más pobre de América quedaba en cuestión de minutos reducida a escombros. Se calcula que más de doscientas mil personas perdieron la vida. Los damnificados superan el millón. En presente de indicativo: superan, puesto que muchos, la mayoría, aún mal viven sin hogar ni medios, entre escombros o en tiendas de campaña.

Casi inmediatamente se puso en marcha un dispositivo a nivel internacional para socorrer a los haitianos. Aviones cargados de voluntarios y ayuda humanitaria empezaron a calentar motores en los aeródromos de medio mundo. ¿Pero dónde aterrizar?. Haití ya era antes del terremoto poco menos que un erial, y gran parte de sus pocas infraestructuras, casi todas ellas próximas a la capital, o mejor dicho, al lugar donde antes había existido una capital, habían corrido su misma suerte.

Nunca será posible calcular qué importancia ha podido tener para el futuro de millones de haitianos el protagonismo que en esos trágicos momentos decidieron tomar en el asunto sus vecinos dominicanos, pero basta con leer las alabanzas que recibieron en las semanas siguientes desde Washington o Bruselas para darse cuenta de cuán vital llegó a ser. Toda una nación, la República Dominicana, pasó a convertirse en un inmenso centro de distribución logística al que llegaban toneladas y toneladas de ayuda, nunca suficiente, para partir luego en todo tipo de medios de transporte en dirección a Haití.

Desde luego no sería aventurado afirmar que las catástrofes que posteriormente han vuelto a golpear Haití, ya sean las lluvias torrenciales o, en estos momentos, el cólera, hubieran causado aún mayores estragos de los que ya han causado. Así como que ni una milésima parte de la ayuda dirigida a Haití hubiera llegado con la misma rapidez de no haber contado con el apoyo dominicano.

Sin embargo, y pese a las bonitas palabras, de unos meses a esta parte, el Gobierno de la República Dominicana se ha visto frente a una doble amenaza que apunta directamente contra su estabilidad económica y política. Por una parte está el reto de combatir la propagación del cólera. Por otra, la resurrección de un viejo fantasma reavivado ahora con el cólera: la campaña de determinados grupos de interés para desviar el turismo hacia otros destinos caribeños.

La lucha contra la propagación del cólera, ya de por sí complicada para cualquier nación, debe ser realizada teniendo en cuenta que lo que sería más sencillo, es decir, cortar inmediatamente todo tránsito en la frontera haitiana, es imposible pues esto supondría un golpe durísimo para la supervivencia de miles de seres humanos que dependen de la base logística dominicana.
Así pues hay que optar por la vía más costosa: vigilar la frontera, evitar el tráfico de alimentos desde Haití, cerrar los mercados en los que éstos se vendan, y reforzar los controles sanitarios. Sin duda estas medidas también afectaran negativamente a muchos haitianos y dominicanos que viven de este comercio fronterizo, pero no cabe la menor duda de que ayudaran a salvar muchas más vidas.

Mucho más difícil parece zafarse de la otra zarpa de esta amenaza: el ataque contra el turismo dominicano. También es cierto que no se trata de algo nuevo. Hace dos años, en Canadá, se aventó una campaña para asustar a los posibles turistas con el miedo al contagio de la hepatitis. Al final todo quedó en nada, aunque el daño ya estaba hecho. Ahora cambian los mensajes, hoy el protagonista es el cólera, pero siguen detrás de ellos los mismos grupos de interés.

De momento ningún Gobierno se ha tomado en serio estas campañas, más allá del aviso que se dio desde el Departamento de Salud de Puerto Rico para que se extremase la precaución si se viajaba República Dominicana, destino favorito para pasar el fin de semana de miles de portorriqueños.

Resulta inquietante pensar que después de todo lo pasado y todo lo que aún queda por pasar, la vida de millones de seres humanos, la estabilidad de dos naciones y el trabajo de miles de voluntarios pendan de las decisiones de “mercadotecnia” diseñadas por unos ejecutivos sentados a miles de kilómetros de la tragedia.

A veces los ángeles viven en el infierno y los diablos en el Paraíso.

Carlos Aitor Yuste