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Otras opiniones

Relativizar la democracia

Julio 9, 2013

Es muy conocido el “chiste” que define la democracia como el sistema a través del cual dos lobos y un cordero deciden qué se cena esta noche pero, fuera de las bromas, parece que va resultando hora de cuestionar el sacrosanto, intocable e indiscutido papel que las sociedades occidentales actuales otorgan a la democracia y que tratan de imponer a sangre y fuego al resto del mundo de manera semejante a lo que Felipe II hacía con el catolicismo o los islamistas hacen con la sharia.

Ya no quedan apenas en los países “civilizados” creencias religiosas ni morales objetivas y han sido sustituidas, al menos en el ámbito político y de gobierno de la sociedad, por la de que lo que piense la mayoría es lo verdadero, lo más conveniente y lo que debe hacerse.

Sin embargo, resulta claro que existen elementos para cuestionar el citado papel de la democracia y, el más obvio, es que la mayoría puede no tener razón (“comamos mierda, cien mil millones de moscas no pueden estar equivocadas”, gritaban los revolucionarios de mayo del 68) y , es más, si en cualquier aspecto del saber humano (la medicina, la química, la historia, etc.) todos estaríamos espantados si las decisiones y la “verdad” se decidieran por mayoría en lugar de por los mejor preparados, algunos no terminan de ver por qué no ocurre lo mismo con la política.

Sin embargo y aunque Aristóteles, primer teórico de la democracia, se hubiera quedado espantado si le hubieran dicho que esta iba a consistir en que todos los habitantes de Grecia votasen de manera igualitaria las decisiones políticas, parece ineludible admitir que ante la dificultad de decidir quiénes son los más preparados para adoptar dichas decisiones y, sobre todo, para evitar que las tomen en beneficio propio, el que dichas decisiones sean decididas por todos, aunque perverso en sí mismo en un plano técnico, es el sistema más efectivo para evitar la opresión de la mayoría por la minoría, que es lo que normalmente ha ocurrido a lo largo de la historia (en ello se basaba Churchill cuando decía que la democracia es el peor sistema político posible, con excepción de todos los demás).

El problema de la opresión de las minorías

Por eso, nuestra preocupación fundamental por los posibles efectos disfuncionales de la democracia no estriba en el hecho de que la mayoría pueda estar equivocada ni en que, al menos en términos teóricos y relativos, respecto a la minoría mejor preparada y más honesta, por definición, siempre lo esté, (se trata de un apriorismo consustancial a la misma, de garantizar un “mal menor” como decía Churchill) sino en el hecho, cada vez más constatable y frecuente, de que “los malos” sean más que “los buenos” y el sistema se convierta en una opresión de las minorías por las mayorías.

Los “Hermanos Musulmanes” ganaron democráticamente las elecciones en Egipto como Hitler las ganó en Alemania, Berlusconi ha estado a punto de ganarlas en Italia y diversos partidos separatistas y xenófobos en distintos países de Europa; todo ello es muy preocupante, pero quizá lo peor es que la tendencia a la extensión del progreso material a capas cada vez más numerosas de la sociedad convirtiendo a la burguesía en la clase social mayoritaria, implica, dado el demostrado hecho de que cada clase defiende prioritariamente sus intereses en contra de las demás, que los más desfavorecidos, al haberse quedado en minoría, deban serlo cada vez más.

¿Tabú intocable?

Como se ha dicho, la democracia se consolidó y adquirió el papel de “tabú” intocable que todavía conserva en unas circunstancias históricas en las que, para el grueso de la sociedad resultaba beneficioso cambiar las bases de distribución del poder y ha demostrado su eficacia para combatir el tradicionalmente considerado principal problema social: la opresión de las mayorías por las minorías. Sin embargo, los enormes cambios sociológicos experimentados han hecho que ya no resulte un simple juego retórico, sino un problema real, el hablar de la opresión democrática de las minorías por la mayoría; es cierto que todo ello es complejo y debe contemplarse en una clave de relatividad, ya que las mayorías que “democráticamente” oprimen a quienes están peor que ellos son a su vez frecuentemente oprimidas por la élite empresarial indispensable para que funcione el sistema capitalista que nadie ya discute, pero lo que está claro es la tendencia al triunfo y radicalización de los partidos conservadores e, incluso, de los xenófobos y ello parece demostrativo de lo que decimos.

Para la opresión democrática y el triunfo de los partidos de extrema derecha no se necesita que los ricos sean más que los pobres, solamente que sean mayoría los que consideran que su posición, cualquiera que sea esta, sería peor si no se adoptaran políticas que les sitúen en una posición de privilegio respecto a los que están en los escalones inferiores.

Discutir lo indiscutible

No propongo, ni mucho menos, prescindir de la democracia, pero me parece indispensable bajarla del Olimpo sagrado de lo indiscutido en el que la hemos situado, relativizarla, y pasar a verla y aplicarla como lo que es: un instrumento que hay que manejar con cuidado, no un fin en sí mismo.

En otro orden de cosas, aunque conexo, el que Estados Unidos, apoyado por sus aliados, entre ellos España, desate guerras con cientos de miles de víctimas para imponer “urbi et orbe” la democracia, sin importar que en la mayor parte de los países afectados se trate de un concepto prácticamente desconocido y sin ningún arraigo en su cultura, aparte de un disparate, me parece criminal. La democracia debe llegar a cada sitio, cuando le toque, como consecuencia de una evolución sociológica, económica y cultural, tal y como ocurrió en Occidente y esto es lo que debería impulsarse y favorecerse.

El tratar de exportar, a cualquier precio, su catolicismo acabó con España como gran potencia y el hacer lo mismo con su democracia puede tener similares consecuencias para Estados Unidos y sus aliados. A China le va bien porque se entiende con todo tipo de regímenes, los acepta como son y no trata de cambiarlos; no quiere ello decir, ni mucho menos, que pensemos que todos los sistemas políticos son intercambiables y nos merezcan similar valoración ética, pero sí que el papel preponderante para realizar los cambios deben tenerlo los propios pueblos y no potencias extranjeras que, en lugar de tratar de aprovecharse económicamente y de crear por la fuerza clones de su sistema político sobre bases sociales incompatibles con el mismo, deberían  ayudar a establecer las condiciones infraestructurales que favorezcan el cambio democrático el cual, insistimos, debería después ser manejado, en todas partes, con extremada prudencia. ¿Cual piensan ustedes que puede ser la razón para que en prácticamente todos los países en los que Occidente trata de imponer la democracia la minorías étnicas y religiosas se opongan a la misma?

Adolfo Barrio