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Rope-a-dope

Referéndum? What referéndum?

Octubre 6, 2017
Felipe-VI

No creo que a ningún Gobierno 2.403 vidas le sean indiferentes. Por mucho que Iósif Stalin dijera aquello de las muertes y la estadística. Sin embargo, la historia política reciente -y no tan reciente- pone de manifiesto que cualquier régimen está dispuesto a sacrificar buena parte de sus recursos -materiales, naturales e incluso humanos- como vía de acceso a intereses superiores. Un elogio de la instrumentalización de la sociedad y un canto a la locura.

Existe una teoría conspiranoica que apunta a que el Gobierno de Franklin Delano Roosevelt conocía  los pormenores del ataque que en la mañana del l 7 de diciembre de 1941 la Armada Imperial Nipona descerrajó sobre la base naval de Pearl Harbor en Hawai. Según esta tesis, el Gobierno de los Estados Unidos ocultaría estas informaciones a sus mandos militares para que la opinión pública, generalmente antibelicista, cambiara de parecer ante un ataque japonés (provocado por las duras condiciones impuestas desde Washington a Tokio) y Norteamérica tuviese carta blanca para entrar de lleno en el negocio de la Segunda Guerra Mundial. El comandante japonés Yamamoto pronto se dio cuenta del error nipón “me temo que todo lo que hemos hecho no es sino despertar a un gigante durmiente y haberle forzado a tomar una resolución terrible”. Todos sabemos como continúa la historia.

Del mismo modo que Roosevelt engañó a la población y urdió una trampa para sacar tajada del negocio más boyante del siglo XX, el presidente no electo de la Generalitat de Cataluña está conduciendo a sus conciudadanos a la guerra. El alegato es la polvorienta independencia u otros intereses más oscuros que no acierto a colegir desde mi escasa intuición política, si eso a lo que llamamos política, sigue siendo el orden de las sociedades. El proces tiene una hoja de ruta marcada desde hace tiempo. Una estructura social, judicial e incluso fiscal preparada para la secesión. Las urnas son elementos de atrezzo. Da igual lo que salga, da igual quien vote, dan igual las normas que nos unen. El resultado del referéndum era conocido desde hace tiempo. Esa es la democracia de la que tanto se habla estos días, más achacable a un régimen totalitario. 

A Puigdemont no le importan los catalanes, y mucho menos los españoles. Para el president sus ciudadanos son fichas de casino con las que apostar todo al rojo, trancas que colocar a las puertas de los colegios o sacos de arena que obstaculizan el acato de órdenes judiciales. Si hay sangre, mejor. La estulticia encontrará un nuevo camino por el que abrirse paso conquistando mentes confusas, aturdidas y desorientadas por la abominable desinformación. Quizás una muerte -que seguro las habrá- del lado nacionalista (una más sobre las espaldas de la infección de las naciones) sería la guinda perfecta para rematar de cebar un odio alimentado desde tiempos inmemoriales.

Pero para conseguir tales objetivos se necesitan cómplices. La población es engañada conscientemente en busca de la crispación, enfrentada entre similares, politizada, polarizada y posicionada. Porque para la clase política siempre es más sencillo pescar en río revuelto, como se las ponían a Fernando VII.

Os (nos) han hecho partícipes de una farsa. Una pantomima de algo que no existe. Una tragedia inventada. El referéndum es un bulo, una invención como las papeletas, los colegios, el sí y el no. Habéis (hemos) caído en la trampa urdida mano a mano por los líderes de la afrenta y os habéis (nos hemos) creído el cuento chino del plebiscito.

Los responsables de tal felonía no son sino los dirigentes de una hecatombe que camina hacia la confrontación total sin freno y marcha atrás. Decía Maquiavelo que “los traidores son los únicos seres que merecen siempre las torturas del infierno político, sin nada que pueda excusarlos”. 47 millones de personas seguimos siendo traicionadas a día de hoy. Una traición a un pacto tácito (la Carta Magna de los derechos y deberes de todos los españoles) y una traición a un pacto intangible de valor incalculable (el respeto entre todos los pobladores del suelo común, refrendado por cualquier legislación universal).

Vuestros (nuestros) representantes os (nos) han dividido de forma deliberada. En una suerte de alienación que ha alimentado el desapego emocional entre opuestos. Sois (somos) responsables de este esperpento desde nuestra condición de  marionetas de un circo en el que han manejado vuestros (nuestros) hilos a su antojo. Por ello todos sois (somos) fascistas y todos habéis (hemos) caído en el reductio ad hitlerum. A partir de ahí, la cizaña la han puesto los mass media. Sus historias amarillistas dignas de pasquines nauseabundos de corrillos de esteticién han apuntillado el fratricidio hispano-catalán. Anécdotas donde lo macabro y lo escatológico se unen en pro de la literatura gore más fantástica. Reportajes viscerales adornados con sketches de mutilaciones y agresiones sexuales. Cuentos para no dormir. Historias falsas, recreadas, rescatadas del baúl del ostracismo. Mentiras (de un lado y del otro) que crecen como la bola de nieve que cae por la ladera para aplastar todo atisbo de reconciliación. Os (nos) lo habéis (hemos) tragado todo. Incluida la paparrucha de la mujer con capsulitis en un dedo que profería horas antes gritos como: “me han roto los dedos de la mano uno por uno expresamente”; o la utilización política de la muerte de un Policía en su casa de Bilbao. Habéis (hemos) publicado en redes sociales chismes de panfletos subversivos sin otorgar siquiera el beneficio de la duda a tales informaciones, habéis (hemos) contribuido a mancillar el poco honor que le queda a la tierra de Cervantes, sois (somos) partícipes de la destrucción de nuestro sistema pacífico, sois (somos) tan culpables de la evaporación de las soluciones al conflicto como el Nacional que esgrime su porra arbitrariamente o como el manifestante que lanza piedras contra los agentes que él mismo paga con sus impuestos. Sois (somos) borregos, vagos, maleantes y destructores que esperáis (esperamos) a que las Brigadas Internacionales solucionen la papeleta desde la comodidad del calor hogareño mientras repetís (repetimos) una letanía que dice: “España es tan mala que hace llorar a Piqué”.

Todo lo que toca el nacionalismo se exacerba. Pero este barro no se recoge de un agua de dos días. Lleva lloviendo mucho, una lluvia ácida provocada por la contaminación de un ambiente político y social irrespirable, acrecentada por la irresponsabilidad de aquel Gobierno que incumple los protocolos de respeto del medio social. Llueve desde la llegada de Artur Mas a la Generalitat. Desde la apuesta por su ‘transición nacional’. Desde el proceso participativo sobre el futuro político de Cataluña que se cerró con tan solo un 29,5% de votos a favor de la independencia sobre el censo total de 6,3 millones de catalanes (4,5 millones de votantes la rechazaron o no se manifestaron). Llueve desde las elecciones plebiscitarias de 2015 en las que ni siquiera juntando a todas las fuerzas independentistas se alcanzó el 50% de los votos. Llueve, sobre todo, después del 1-O, después de la obstinación y la terquedad de un Govern que pretende hacer democracia como un elefante entrando en una cacharrería, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Llueve por la declaración de independencia unilateral que se viene, dejando que 2 millones de catalanes -según el escrutinio más rocambolesco de la historia- decidan por 7,6 millones. Y llueve por el uso de la violencia. ¿No habría sido más fácil dejar votar un referéndum ya por sí ilegal y más tarde condenar  por desobediencia, prevaricación, malversación y usurpación de funciones a sus promotores como se hizo en 2015? Vuestro (nuestro) nacionalismo os (nos) separa de iguales y diferentes. El nacionalismo rompe, quiebra, estropea, mancha, ennegrece y viola derechos fundamentales.

La lluvia no cesará hasta que nuestras acciones dejen las reprimendas a un lado y busquen conjuntamente puntos de entendimiento común. Es la única forma de hacer ver a los gerifaltes de la res pública que hablando (lo que no han querido hacer tras años de desencuentro) se pueden derribar muros y conseguir grandes cosas como la República Federal Alemana. España hace tiempo que dejó de ser para muchos una (nación), grande y libre. España es un crisol de naciones que deben ser reconocidas como tal. Y eso solo tiene encaje en una nación de naciones donde la multiculturalidad sea nuestra mayo riqueza.

De no conseguirse esto, debido al empecinamiento de los gurús de la política y a la encarnizada pugna en la que vive la población española, parece que tan solo queda la aplicación del artículo 155 para conminar a Cataluña “al cumplimiento forzoso de sus obligaciones para la protección del interés general de España”. La situación puede que lo exija. Si nadie es capaz de cambiar este rumbo en zozobra. A Cataluña se le han permitido tantos desaires que se ha acostumbrado a vivir esquilmando al Estado español, como la niña bonita a la que todo se le concede. Y ahora nos quieren vender lo contrario. La Guerra de Sucesión, la Semana Trágica, la Revolución del 34 o las Jornadas de mayo del 37 han sido remuneradas a lo largo de la historia con los mejores aranceles, las primeras industrias, las primeras líneas férreas y los acuerdos económicos más ventajosos. ¿Para qué? Para que el Estado siga manteniendo la irresponsabilidad legal y fiscal de Cataluña, mientras otras comunidades realizan esfuerzos titánicos para mantener equilibrada su balanza de pagos.

Y ahora la independencia. La propuesta de la Generalitat era clara y en su parte anímica se ha conseguido. La desconexión con España y el separatismo ya son hechos consumados. Y en lo que desde el inicio ha sido una infracción constante de todas y cada una de las leyes de convivencia común, Cataluña ha ganado. Ha ganado porque ha sido capaz de voltear la tortilla. Ha ganado porque ya tiene lo que Puigdemont y el PDeCat querían: “una respuesta desmedida y violenta de la Policía de un Estado represor a una consulta pacífica donde la población catalana tan solo ejercía su derecho a manifestar su opinión” (sic.). Eso es lo único que ha trascendido y de lo que se han hecho eco los medios internacionales, que parece que son el único barómetro de la situación. A los políticos imprudentes no les importa la independencia, ni el hombre que sangra por la cabeza, ni la anciana que es reducida. Su premio es un cheque al portador para continuar blandiendo hostilidades por muchos años más y seguir exprimiendo la vía de financiamiento central en busca de un mejor concierto. Porque la pela es lo único que importa.

Conviene recordar las palabras de Ortega y Gasset que cumplen ya 85 años: “el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar (…) un problema perpetuo (…) un caso corriente de lo que se llama nacionalismo particularista”.

No seré yo quien exponga aquí los motivos que se ocultan detrás de esta saña que ha conseguido  enfrentar al pueblo de un modo sin precedentes. Mientras vosotros (nosotros) estiráis (estiramos) el chicle de la independencia manido, mascado y salivado por las fauces de la política, ellos continúan firmando acuerdos ilegales manchados con la sangre de sus votantes. ‘Referéndum? What referéndum?’