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Los puntos cardinales

Recep I, el nuevo sultán de Turquía

Diciembre 16, 2014

Voluntaria o involuntariamente, Turquía se aleja cada vez más de las instituciones comunitarias a las que hasta hace poco quiso incorporarse. Al menos en el tiempo en que Recep Tayip Erdogan estuvo al frente del Gobierno. Ahora Erdogan es el jefe del Estado y como tal está llevando a cabo actuaciones demasiado personales y con inequívocos tintes autoritarios. La última ha sido la detención de más de una veintena de destacados periodistas turcos a los que el presidente vincula con intentos de golpe o de traiciones inspirados por su principal enemigo, el clérigo sufí Fetullah Gulen, exiliado en Estados Unidos por su propia voluntad.

La operación policial contra estos profesionales de la información se puso en marcha pocos días después de que Erdogan iniciase una dura campaña pública de acusaciones al religioso y sus seguidores. Pero no parece sólo que las detenciones sean consecuencia de esa orden sibilina dada por el presidente. Se cumple un año de las acusaciones de corrupción de las que fueron objeto el entonces primer ministro Tayip Erdogan y sus más estrechos colaboradores y que provocaron la renuncia de los titulares de cuatro carteras ministeriales.

Cortar toda sospecha de disidencia

En aquella ocasión, Erdogan quiso ver la larga mano del clérigo Gulen moviendo los hilos de una amplísima red que se extendía por todo el país y en la que se integraban funcionarios de las fuerzas de seguridad del estado y destacadas figuras del poder judicial. Parece, pues, que Tayip Erdogan ha esperado pacientemente a contar con el enorme poder que le proporciona la Presidencia de la República para arrancar de raíz cualquier mínima sospecha de disidencia.

En la peculiar realidad política turca el Ejército es el garante de la laicidad de un Estado en cuya población hay más de un noventa y cinco por ciento de musulmanes que profesan los valores del Islam que Erdogan defiende cada día con más vehemencia. Una detención masiva de profesionales de la prensa no se ha visto ni en la Rusia de Putin, otro gobernante que al igual que el presidente de Turquía no admite la crítica o la discrepancia.

Tirón de orejas de Bruselas

Por eso, nada más conocerse la noticia, desde Bruselas se les recordó a las autoridades de Ankara que cualquier eventual avance en la negociación para incorporarse a la Unión Europea se somete al respeto escrupuloso de los derechos humanos y a la garantía de procesos judiciales que no estén predeterminados o condicionados por el poder político.

La libertad de prensa, además, constituye un elemento nuclear de la construcción europea, según quedó recogido en la declaración que los responsables comunitarios hicieron pública tras conocerse las detenciones. Incluso desde la oposición turca se denunció categóricamente el arresto de los informadores. Erdogan no sólo ha ignorado las valoraciones del Ejecutivo de la Unión sino que les ha exhortado a ocuparse de sus asuntos. Turquía tiene ahora a su frente a un nuevo jefe del Estado cuyas formas recuerdan siglos pasados. Como muestra, la inmensa suntuosidad el Palacio Ak Saray que Erdogan ha inaugurado en la capital, con capacidad para un millar de invitados. Nada ni nadie detiene los caprichos y las ambiciones de poder del nuevo sultán.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.