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Otras opiniones

Raúl me tendió una trampa muy sutil

Marzo 24, 2013

En las últimas semanas he serrado España de arriba abajo, de norte a sur, y el AVE me ha hecho de filo dentado. Siempre en turista salvo cuando ya no quedan plazas. Unas veces el traslado era para cubrir una información oficial, otros viajes prefiero que pasen desapercibidos, envueltos en la bruma, por destino y objetivo. Siempre con el portátil abierto y con los cascos grises y morados, que te proporciona el azafato, en los oídos.

En todos los trayectos siempre hay anécdotas, conversaciones, detalles que merecen ser recordados. Le escribiría sobre todos ellos, pero hay uno que me ocurrió el pasado viernes que destaca sobre el resto. El protagonista es Raúl. Separado, con dos hijos, en paro y sin un lugar donde caerse muerto. Hace pocos años pertenecía a la clase media de este país, pero la crisis, una mal divorcio, una denuncia por violencia de género y el asco y desprecio que se tiene así mismo por sentirse un fracasado le han llevado a pedir a las puertas de una estación del AVE. Cuando se me acercó, el aliento le olía a alcohol, tenía mirada torva y resbaladiza, las manos oscuras y las uñas negras.

Un conocido

Me abordó con una amplia sonrisa. Nacho, ¿cómo estás? ¡¡Cuánto tiempo!!”. Mi respuesta lacónica y las dudas que vio en mi cara le impulsaron a seguir hablando. “Soy Raúl, cámara de Telecinco, ¿no te acuerdas de mí?”. Sin esperar respuesta continuó. “Sabes que hubo despidos, una reducción de plantilla y a mí me tocó. Pensé que te habías enterado”. Me disculpé como pude. Sabía lo de las bajas, pero desconocía que a él le hubieran despedido y mientras hablaba trataba de localizar su cara detrás de una cámara. Quería situarle, aunque en la tele es imposible conocer el nombre de todo el mundo. Raúl se me escapaba.

“Y encima me divorcié. La culpa fue mía que me acosté con una compañera del trabajo. No te digo quién es porque la conoces y ella también está casada. Le puse los cuernos, lo reconozco, pero mi ex se vengó de forma muy sucia. Me denunció por violencia de género. Dijo que le había pegado. Y enseñó unos moretones en los brazos y en las piernas. Me detuvieron y me pasé la noche en el calabozo. Al día siguiente dictaron una orden de alejamiento y una prohibición de comunicarme con ella y me quedé sin sitio donde dormir. Me dio tanta vergüenza pedir ayuda, contárselo a alguien, que aquella noche me tiré sobre un cartón mojado dentro en un cajero”.

Tenía prisa

Miré el reloj con apremio. No sabía dónde me llevaba aquella conversación y no quería perder el tren. Seguía sin reconocer la cara de Raúl ni su voz. Además, me chocaba que la primera noche después de la orden de alejamiento ya hubiera dormido en un cajero. ¿No tenía una cuenta con ahorros? ¿Una tarjeta de crédito para pagarse una pensión? Él seguía hablando y si quería seguirle el hilo no tenía tiempo para sedimentar las dudas y llegar a una conclusión si parecer maleducado.

“Así que decidí mandarle un burofax para pedirle que llegásemos a un acuerdo con la casa. O nos la alternábamos o la vendíamos y nos repartíamos el dinero. Me denunció por ponerme en contacto con ella. ¡Con dos cojones! Enviarle un burofax era saltarse la prohibición de comunicación. Al final llegó el juicio. Me absolvieron. Quedó demostrado que la muy cerda, por no llamarla hija de la gran puta, se había autoinfligido los moretones. Hasta el fiscal retiró los cargos contra mí. Sí me condenaron por comunicarme con ella mediante burofax. La prohibición se basaba en una denuncia falsa, pero aún así me jodieron. Mi primera condena y sin haber hecho nada malo. Me cabree mucho pero no me preocupó porque eran unos pocos meses y como no llegaba a dos años no ingresaba en prisión. Hace unos días tuve otro juicio. Me condenaron por pegarle un puñetazo a un policía. Yo estaba mamado, te lo juro. Llevaba una borracherra infinita y le solté un guantazo sin pensarlo. Eso dicen, porque yo no me acuerdo de nada”, se justificó.

No sabía ni qué hacer ni qué decir. Miraba mi reloj repetidamente pero Raúl no se daba por aludido. Y debo reconocer que si no se enrollaba quería conocer el final de la historia.

Veinte euros

“Así que me condenaron a seis meses de prisión. Como tengo antecedentes por ponerme en contacto con mi ex mujer, la falsa esa, debo ingresar en la cárcel. ¿No te parece una absoluta vergüenza?”, me preguntó y por fin calló. Le dije que sí, que aquello era intolerable.

No me dejó casi darle la razón. Me interrumpió enseguida. “Me da vergüenza pero, ¿no tendrías algo suelto? Es que voy sin un duro y tengo ahora una entrevista de trabajo. Para asearme un poco. Por los viejos tiempos”. Mis manos buscaron la cartera, sacaron un billete de cinco euros pero ante la cara de reprobación de Raúl lo volvía a guardar y extraje uno de 20 euros. Interpreté su sonrisa como un gesto de aceptación, así que se lo di y le desee toda la suerte del mundo.

Fue sentarme en el vagón cinco del AVE y convencerme de que Raúl nunca había sido cámara y jamás había trabajado en Telecinco. Mi nombre lo conocía de la tele y sobre la historia que me acababa de contar me queda la duda. Estaba tan bien construida que pasaba perfectamente por real y, de hecho, hay unos cuántos hombres que han denunciado situaciones parecidas. Me sonreí reconociendo su pericia para levantarme ese gran donativo y al mismo tiempo negué con la cabeza sintiéndome estúpido. Antes de que pudiera ponerme los cascos morados, una señora se sentó a mi lado. “Hola. Perdone que le moleste, pero es que yo quiero contarle mi caso…”, pero eso será en otra misiva. ¡Disfrute de la Semana Santa!

Nacho Abad