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Otras opiniones

¿Quiénes son los culpables?

Junio 3, 2013

Releyendo los artículos publicados las últimas semanas en “mejorando lo presente” veo que en ellos es una constante el poner “verdes” a los políticos, responsabilizándoles de todos nuestros males, y la verdad es que siento que tengo que hacer autocrítica y confesar que ello es injusto:

La culpa esencial no es de los políticos, sino nuestra; cada sociedad tiene los dirigentes que se merece y estos no son sino un reflejo de aquella. Estados Unidos tiene a Obama, Alemania, a Merkel, Italia a Berlusconi, Argentina a los Kirschner, Guinea a Obiang y nosotros a Zapatero y Rajoy; y no es casual.

Los políticos salen de la sociedad y son un reflejo de esta; si los políticos están podridos ello es un signo inequívoco de que la sociedad lo está, al menos, en igual medida. Es posible que exista un político digno en una sociedad indigna, pero no es posible que los políticos sean como regla general indignos si la sociedad no lo es también.

Cada vez que he estado en Argentina me ha llamado la atención que Maradona sea el héroe nacional pero, sobre todo, que su “gesta” más admirada por muchos sea el famoso gol “de la mano de Dios” con el que consiguió que su selección ganara el mundial engañando al árbitro y a casi todo el mundo; triunfar y, además, engañando, ¿puede haber un logro mayor?

La cultura del pelotazo

Nosotros no somos diferentes; la cultura de sustitución del esfuerzo por el pelotazo económico  cómo aspiración máxima, no sólo de quiénes lo han dado, sino también de quienes lo han padecido, está firmemente instalada en la sociedad española. Lo que han hecho los banqueros no hubiera sido posible sin la complicidad de quienes, pertenecientes a todas las clases sociales, hoy se rasgan las vestiduras y, si no hubieran estallado las burbujas inmobiliaria y financiera, seguiríamos mirando con conmiseración, como hacíamos antes, a los imbéciles que no habían sabido aprovecharse de ellas; en lo de las hipotecas, las preferentes a casi el 10% y las pérdidas bursátiles, hay pocos inocentes.

En las tertulias y reuniones de familiares y amigos se debate con ardor a quien corresponde la gloria de haber conseguido defraudar más en el impuesto sobre la renta sin que le pillen, qué modelo de detección de radares es el que tiene mayor fiabilidad para posibilitar una mayor vulneración de los límites de velocidad, cual es el mejor sistema para “colarse” en el futbol o llevarse sin pagar artículos de los grandes almacenes o que rumano o sudamericano sin papeles y sin cobro de IVA, pago a la seguridad social, ni cumplimiento de normativa alguna es preferible para hacer obras o reparaciones en nuestra casa, trabajar en nuestro negocio o realizar nuestras tareas domésticas.

Sociedad de amorales

 En una sociedad de amorales, de ambiciosos sin esfuerzo, de defraudadores, de incumplidores, de egoístas, de arribistas, de envidiosos, de incultos, de pasotas y de buscadores de subsidios, enchufes y prebendas cómo forma de vida, en la que la única economía que prospera es la sumergida, en la que se mira  como a un extraterrestre a quien se le ocurre hablar de conciencia, de moral, de religión o de valores y que sólo está entre las primeras del mundo en el gasto per cápita en juegos de azar, no resulta extraño, sino obligado, que nuestros políticos compartan estas “virtudes”. La situación de nuestra sociedad es exactamente la misma que la que magistralmente describía Enrique Santos Discépolo en su famoso tango “Cambalache”.

Nos quejamos de Alemania y los países nórdicos, pero he sido testigo de la cara y los comentarios que sus ciudadanos cuando veían a un grupo de excursionistas españoles colarse en el metro o coger el periódico sin pagar, porque allí los controles no son policiales, sino éticos, y he sentido una profunda vergüenza mientras mis compatriotas nos miraban cómo si fuéramos gilipollas a los que, pese a no haber ningún control aparente, sí pagábamos.

Decía Sartre, resumiendo la filosofía existencialista, que “el que Dios no exista nos hace doblemente responsables”; en España ya no existe la religión ni el freno que implicaba el temor de Dios, pero no lo ha sustituido ningún otro valor o consideración ética o moral, ha desaparecido la conciencia y no existe límite alguno en la búsqueda de nuestras principales metas: el éxito económico sin esfuerzo, el divertimento embrutecedor y al margen de la cultura, la comodidad y el pasotismo.

Comprensión al engaño

En los países “civilizados” el engaño y la mentira, aunque no constituyan delito, inhabilitan a perpetuidad a los políticos que incurren en ellos, sus sociedades no se lo perdonan; en España, como en Italia y Grecia, suscitan comprensión y hasta envidia y admiración y suelen reforzar su porcentaje de votos en las siguientes elecciones: la “legitimación de las urnas” como coartada de la corrupción y el desfalco es esgrimida con frecuencia por nuestros políticos; los casos de Valencia y Andalucía pueden ponerse de ejemplo, pero hay muchos más en la Administración Central, en la Autonómica y en la local de políticos conocidamente corruptos que, incluso después de haber sido condenados judicialmente, han sido electoralmente absueltos, e incluso premiados, por los mismos a los que habían estafado.

El que la opinión publica tenga el convencimiento de que el Presidente y buena parte del actual Gobierno y de los altos cargos del partido que lo sustenta han venido cobrando durante años sobresueldos millonarios con cargo a “donaciones” de empresas a las que la Administración había adjudicado contratos por importe de decenas de miles de millones de euros y que parece imposible imaginar que pudieran ser desinteresadas, y que no pase nada, resulta en mi opinión esclarecedor: no le encuentro otra explicación que la de que los ciudadanos piensen ¿a quién no le habría gustado estar en su lugar? ¿quién no hubiera hecho lo mismo de habérsele presentado la ocasión?

El debate no suele ser sobre si los partidos deben o no robar, sino sobre si han robado más los tuyos que los míos; al parecer, el robo ajeno legitima el propio. Además, perro no come perro, y la primera instrucción que los Ministros parecen dar cuando toman posesión de su cargo es que no conduce a nada mirar debajo de las alfombras, no vaya a ser que los otros miren debajo de las nuestras. Las reacciones de los partidos políticos ante los escándalos de corrupción que salpican a los demás nunca trascienden del aprovechamiento electoral y prácticamente nunca los hemos visto personados en una causa judicial contra la corrupción en otro partido; y a todo ello asistimos con una naturalidad que no tiene otra explicación que la de que no esperamos otra cosa porque es lo que nosotros haríamos.

Fernando VII fue un producto de esa mayoría de españoles que a principios del siglo diecinueve se oponían al progreso, reivindicaban nuestra abominable “tradición” y gritaban “vivan las caenas”; los políticos actuales son nuestro producto y aunque su bajísima valoración refleja nuestra equivalente autoestima parece claro que nadie está dispuesto a condenarse a sí mismo y, lo que es peor, al parecer, tampoco a cambiar si no es a peor.

Límites insospechados

Theilard de Chardin exponía como prueba de la existencia de Dios el que, pese a todos y a todo, el mundo avanza; en España hemos llegado a unos límites en los que ni siquiera Dios puede evitar que retrocedamos.

Y quizá lo peor es que hace cerca de cuarenta años, cuando se llevó a cabo la “transición”, se vislumbró la esperanza de un cambio en nuestra sociedad y en sus dirigentes y pareció que, por una vez en nuestra historia, las cosas podían ser diferentes; tuvo lugar un proceso de ilusión, de generosidad y de responsabilidad que se trasladó de la sociedad a la clase política, a la que entonces los mejores no se avergonzaban de pertenecer, y dio resultados con inusitada rapidez situando a España en el primer mundo, ese del que ahora que, desgraciadamente, hemos vuelto a lo de siempre, nos están echando a gorrazos por nuestros merecimientos.

Hoy, en plena descomposición moral, social, política, económica y territorial, creo que somos bastantes los que, siendo entonces jóvenes y ahora ya casi viejos, no podemos dejar de recordar, con infinita nostalgia, que hubo un momento en el que creímos que España podía salvarse.

Adolfo Barrio