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Mensaje en una botella

Que te pongan los cuernos en Nochebuena

Diciembre 17, 2014

Igual que ocurre con El Almendro, mi amigo Rodrigo Martínez de Ubago siempre vuelve a casa por Navidad. Rodrigo es un reconocido psicólogo clínico al que suelo entrevistar por esta época en la Radio, que es mi casa por Navidad. Me gusta escuchar cómo explica cuáles son las claves para sobrevivir a la cena de Nochebuena. Las explicaciones son perfectamente válidas para la cena de Nochevieja o para cualquier cena que tenga periodicidad anual, pero el ejemplo del 24 de diciembre resulta muy ilustrativo.

¿He dicho sobrevivir? Sí, lo he dicho. Y no exagero, como vamos a tener ocasión de comprobar. Las claves para salir ileso de la cena de Nochebuena son, según Martínez de Ubago: no beber antes del ágape; no hablar de política, fútbol o religión durante la cena; designar a un mediador; o la solución definitiva.

No beber antes del ágape resulta tremendamente útil porque, de esa manera, no llegas al lugar de la comilona más caliente que el mango de una sartén. Si te bebes hasta el agua de los floreros en las horas previas, entras dando la nota y tienes todas las papeletas de meter la pata. Cualquier ocurrencia dicha en voz alta puede acabar con la cena de Nochebuena antes de que hayan servido los langostinos.

No hablar de política, fútbol o religión durante la cena es tremendamente útil. Si alguien no comulga con tu religión, puedes acabar rezando antes de tiempo para pedir que no te partan la cara. Si alguien no vota al mismo partido al que votas tú, puedes acabar dentro de una urna antes de tiempo y sin que previamente te hayan depositado en un sobre. Si alguien es hincha de tu eterno rival futbolístico, puedes acabar despejando cigalas en lugar de balones para tratar de dejar la portería a cero. 

Irse por las patas abajo

Designar a un mediador es vital, porque en ello te va la vida durante las horas que dure la cena de Nochebuena. Ese mediador tiene que ser la persona más serena y equilibrada que seas capaz de hallar entre los asistentes al convite. El mediador debe sentarse entre los dos comensales que tienen más probabilidades de llegar a las manos o de acordarse del árbol genealógico de su oponente, al que desea fervientemente que la cena le haga irse por las patas abajo y que la cagalera le dure hasta el día 26.

¿Noche de paz, noche de amor? ¿Entre algunos que sólo se ven una vez al año y que no se soportan? ¿Con los cuñados, a los que mi querido Josemi Rodríguez-Sieiro define sabiamente al asegurar que “siempre están en un pasar”? ¿Con las suegras, de las que toma nombre un objeto de broma que originalmente fue un arma de corto alcance empleado por el KGB para matar a sus enemigos políticos?

Queda por desvelar la solución definitiva, que es infalible: no ir a la cena. Que no es por no ir, pero ir pa na es tontería. Ir para pasarlo mal es meterte en la boca del lobo sabiendo que vas vestido de Caperucita. La solución definitiva te garantiza una verdadera noche de paz, noche de amor. De paso, evitas que alguno de los simpáticos asistentes a la cena quiera disfrazarte a su imagen y semejanza (la desinhibición que provoca ese banquete tiene consecuencias demoledoras). Es decir, que evitas que te pongan los cuernos… los cuernos de reno en la cabeza. Claro que hay algo todavía peor. Algo que se ha impuesto en los últimos años: un arbolito de Navidad. En la cabeza, naturalmente.

Me quedo con los cuernos. Mejor que te pongan los cuernos en Nochebuena. 

Juan Diego Guerrero es director de Noticias Fin De Semana en Onda Cero

Sígueme en Twitter: @juandiguerrero