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Mensaje en una botella

¡Qué cosas tiene el señorito!

Enero 20, 2011

España es patria de grandes intérpretes. El 13 de febrero volveremos a comprobarlo en la gala de entrega de los Premios Goya, por la que desfilarán algunos de los más destacados. Para los grandes olvidados siempre tenemos Cine de barrio, que acaba de incorporar como presentadora a una de las intérpretes de ayer, hoy y siempre. Concha Velasco ha tomado el relevo de Carmen Sevilla, esa actriz reconvertida en presentadora cuyas confusiones cotidianas le han granjearse el cariño del público.

Alfredo Landa, Tony Leblanc o Arturo Fernández no empezaron cobrando casi 20.000 duros por sesión, que es lo que cobra cada intérprete del Senado. Según publica La Razón, un intérprete de la Cámara Alta se embolsa 515 euros por jornada completa. O sea, cerca de 100.000 pesetas o 20.000 duros de los de antes. Sé que he tirado hacia arriba al convertir los euros en duros y pesetas, pero he preferido recurrir a esa entrañable figura nacional llamada redondeo.

Si tenemos en cuenta que los intérpretes van a trabajar cuatro jornadas completas cada mes, cobrarán unos 2.000 euros mensuales (que conste que esta vez he redondeado a la baja). Según la información del citado diario, los intérpretes no están contentos con este sueldo y tienen pensado pedir un aumento del tres por ciento. ¿Un tres? Ya puestos, quizá podría volver a redondearse y llegar a un cinco.

No hay que ser un lince

Un intérprete no es un traductor. El Diccionario de la Real Academia Española deshace perfectamente el posible entuerto. El traductor es quien traduce. El intérprete es quien “explica a otros, en lengua que entienden, lo dicho en otra que les es desconocida”. Se trata, por tanto, de un trabajo que requiere dotes interpretativas. Nos referimos, en consecuencia, a una profesión a la que no es ajena esta vasta piel de toro que todos llamamos… ¡Espññña!… pero en la que algunos prefieren expresarse en su propia lengua que, siendo española, no es el español. ¿Se han hecho un lío con la explicación?

A lo que voy. No entraré en la necesidad de dedicar 350.000 euros anuales a los servicios de interpretación del Senado. Pero tampoco haré como José Bono, presidente del Congreso de los Diputados, que ha asegurado tener opinión propia pero preferir no hacerla pública. No hay que ser un lince para interpretar al señor Bono. O sea, que declarar lo que ha declarado y criticar el gasto del Senado vienen a ser exactamente lo mismo.

Las que tienen que servir

Mientras llegan los Goya, acaban de ser entregados los Premios José María Forqué. Y precisamente una película de Forqué reúne a algunos de los intérpretes españoles antes mencionados. Conchita Velasco y Alfredo Landa forman parte del elenco de Las que tienen que servir, adaptación cinematográfica de la obra teatral de Alfonso Paso en la que Conchita Velasco compartía protagonismo con Gracita Morales.

Las dos actrices encarnaban en la obra a sendas empleadas del servicio doméstico que aspiraban a formar sus respectivas familias a finales de los años 60. Ambas eran las que tenían que servir. Ni que decir tiene que en aquella época no era práctica habitual que los parlamentarios mantuvieran debates utilizando cada uno la lengua de su región. Bueno, ni utilizando la lengua española tampoco: directamente no había debates.

Casi medio siglo después, los senadores son los que tienen que servir… al pueblo, naturalmente. Sólo que ahora el pueblo puede expresar su malestar por las decisiones de los que le sirven. Eso no pueden olvidarlo Sus Señorías. La Democracia tiene estas cosas, señoras y señores del Senado. O señoritas y señoritos. Si Gracita Morales levantara la cabeza, sólo necesitaría ocho palabras para hacer un diagnóstico de la situación: “¡Hay que ver qué cosas tiene el señorito!” Qué gran contertulia se ha perdido el siglo XXI.

 

Juan Diego Guerrero es director de Noticias Fin De Semana en Onda Cero

jdguerrero@extraconfidencial.com