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Los puntos cardinales

Putin sólo teme al aislamiento

Marzo 4, 2014

Existe un cierto abuso en los medios de comunicación tendente a ilustrar con símiles y comparaciones a los protagonistas de la actualidad que tienen mayor relieve. En el caso de Vladimir Putin, se le identifica como un nuevo zar o incluso con una supuesta añoranza del esplendor soviético, lo cual históricamente constituye un error de primaria si consideramos lo que les gusta la fortuna y la ostentación a los chicos de Gazprom. De todos modos, sí es cierto que le apasiona agrandar el mapa. Al margen de este tipo de valoraciones, en Occidente poco a poco va cundiendo una cierta convicción quizá demasiado optimista de que, salvo que el presidente ruso se volviese loco, – y no lo parece -, el miedo a un conflicto internacional armado estaría muy lejos.

Bien es verdad que los países occidentales no olvidan lo que el Kremlin hizo justo durante el comienzo de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, cuando ordenó la entrada de los blindados rusos en Osetia. Es un modo de aplicar los hechos consumados sin que haya lugar para la contestación. Quienes lo saben bien son Barack Obama y el resto de sus socios del G-7. Apenas acaba de echar el cerrojo a los Juegos de Invierno en la ciudad balneario de Sochi y Putin confía en ser otra vez anfitrión y centro de los objetivos, en esta ocasión de la Cumbre de los ocho países más poderosos del planeta prevista para el próximo mes de Junio. Y esta es, precisamente, una de las bazas para bajarle los humos al ex coronel del KGB, el jefe del Estado de un inmenso territorio que aspira a recuperar su grandeza de principios del siglo XX pero cuyos números reflejan que su producto interior bruto se asemeja al de alguna economía de la Europa mediterránea casi en el umbral del rescate.

Agotamiento de los instrumentos de diálogo

Como siempre decimos, la realidad contable es el mejor antídoto frente a los sueños. Por eso, Occidente y el vecino Japón sólo aceptarían que Rusia mantuviese una salida al Mar Negro y conservara la mayoría étnica en la Península de Crimea, aunque en ningún caso se admitiría una anexión en toda regla que supusiese una alteración de la legalidad internacional. De todos modos, da la sensación de que hay analistas que desean fervientemente un choque militar, no sabemos muy bien en razón de qué. No hay duda de que con el paso de los años los instrumentos de diálogo multilateral se han ido agotando. Por ejemplo, el Consejo OTAN-Rusia, cuyo valiosísimo impulso habrá que agradecer siempre a Javier Solana, ya no es en cambio el foro para abordar una crisis como la ucraniana. Moscú tiene buena memoria y no ha restañado la herida del Escudo de Defensa Antimisiles de los aliados. Añadámosle a ello que los gobernantes de las dos grandes potencias occidentales, Estados Unidos y el Reino Unido, son conscientes de que cualquier aventura militar en el extranjero tiene que ser sometida a unas cámaras legislativas que no están dispuestas a permitir juegos de guerra.

El tablero de Crimea

Crimea es como un enorme tablero de Risk y la historia así lo ha demostrado. Pero las decisiones muchas veces son ajenas a la realidad de las cosas, sobre todo cuando son producto de mentes megalómanas. Sin que hubiese acabado la Segunda Guerra Mundial, Stalin limpió Crimea de población autóctona, los tártaros, que con el paso del tiempo apenas superan el diez por ciento. La etnia ucraniana ocupa el veinticinco, y el resto, la gran mayoría, son rusos que controlan la península, que disfrutó de un Parlamento propio aunque la victoria de un candidato de Moscú en 1995 acabó con las aspiraciones autónomas. Desde entonces, el poder ruso en el territorio es absoluto. A partir de los disturbios de Maidan, la brecha entre pro rusos y pro europeos es cada vez más profunda. Suenan las cadenas de los carros de combate y los hidráulicos de las rampas de misiles. Pero todos los actores de esta película saben perfectamente que el único sonido admisible para el futuro es el de las cajas registradoras. La clave es el dinero. Ucrania vive en el caos económico total y Rusia no puede correr el riesgo de asomarse al abismo del aislamiento.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.