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Otras opiniones

Preadolescentes alcohólicos

Noviembre 11, 2009

Qué razón tienen nuestros ancianos cuando se refieren a la juventud como un lastre para nuestra sociedad. Aunque no creo en el pesimismo encorsetado, quizás porque formo parte de una generación que está descubriendo grandes profesionales, es cierto que la actitud de nuestros quinceañeros dista mucho de aquello que se desearía. Hace unos días presencié una de las escenas más llamativas que he visto nunca. Pequeños maleducados repletos de pendientes y con un lenguaje que asustaría a la mismísima Belén Esteban, divagando a las puertas de una conocida discoteca de menores. Más de cincuenta niños, algunos con no más de trece años, se pasaban los porros y saboreaban copas repletas de alcohol de garrafón. Es la manera de emborracharse sin tener que desembolsar cantidades prohibitivas cuando ni siquiera se tienen ahorros o pagas cuantiosas. Sin embargo, no entiendo el motivo por el que los ultramarinos de barrio siguen proporcionando bebidas alcohólicas a quienes no deberían.
 
Todavía ando perplejo. Resulta patético comprobar cómo los preadolescentes se beben la noche a grandes sorbos. Engullen velozmente latas de cerveza y pequeños mejunjes a base de vino barato y refresco de cola. El calimocho lo inunda todo. Sus pupilas se van dilatando al ritmo de la música de la discoteca para menores de dieciocho años. Esos infra locales en los que los jovenzuelos se jactan de masajear los culos de las niñas, al mismo tiempo en que prueban, por primera vez, las drogas duras. Demasiada publicidad engañosa. Durante años he escuchado que en esos sitios se controla al máximo el tráfico de estupefacientes, el consumo de alcohol y la edad de quienes se agolpan en el recinto. Es más, es habitual que los allí congregados se golpeen con más de un letrero que prohíbe taxativamente el uso de este tipo de sustancias. Falsedad mal ensayada. Desde estas líneas exijo a la Comunidad de Madrid, y a todos aquellos responsables de la salud pública, que paseen sus desvergüenzas por estos locales y comprueben, in situ, lo que se verdaderamente se cuece cuando la música suena por primera vez. Es patético. ¿Dónde vamos a llegar?
 
Saúl Ortiz es periodista y novelista