Menú Portada
¡Qué fuerte!

Ponte en su piel

Febrero 20, 2014

Siempre hay que intentar ponerse en el lugar del otro para procurar entender el cómo y el por qué de la actuación de alguien. Siempre, antes de juzgar, de emitir una opinión o de reprochar algo, tendríamos que imaginarnos vestidos con la piel del otro y viviendo su vida. Es muy fácil hablar de los demás sin saber realmente cómo son o por qué actúan así. Yo me pregunto cada día qué tipo de vida tendrán al otro lado de la valla para intentar cruzarla desesperadamente o cómo será el día a día del que viene en patera para empeñarse y arriesgarse hasta el punto de la muerte. Tienen que ser unas vidas llenas de pobreza, de miseria, de infelicidad, de desesperación, de inhumanidad y de indignidad. Es muy fácil opinar con la barriga llena mientras vemos el telediario de medio día: “qué no vengan que aquí no cabemos más” o “que se les deje pasar porque no hacen daño a nadie”. Ambas opiniones son aceptables a la vez que discutibles. Es verdad que los que vienen de allí son gente pacífica, buenas personas, no se meten en líos, con sonrisa amable y dispuestos a trabajar en lo que sea. Todavía no he visto ninguna información sobre africanos asesinos o ladrones.

Ojalá hubiera para todos
 
Así que, ¿por qué no dejar pasar a esta pobre gente que viene desesperada buscando un futuro mejor? Pero claro, también es verdad que aquí no cabemos más y menos teniendo la situación económica que estamos viviendo ahora. Aquí no vale eso de que donde comen tres comen cuatro, porque sí, es verdad que comen, pero añadiendo. Además, las condiciones a las que se enfrentan los que consiguen pasar y quedarse son casi tan inhumanas como las que tenían, pero con menos libertad si cabe de la que gozaban en sus países de origen. Si han conseguido llegar hasta aquí han tenido que dejarse la piel y el bolsillo ya que todo está organizado por mafias que les sacan hasta el último céntimo de su sangre. Una vez aquí, trabajan para ellos y en condiciones penosas. Hace poco se me acercó un negro en la terraza de un chiringuito de un paseo marítimo. Vendía pulseras. No le compré ninguna pero le di las monedas sueltas que llevaba. Los que estaban conmigo me recriminaron por darle dinero con el argumento de que se lo queda el mafioso y no ellos. Rápidamente me puse en el lugar del negro y pensé que mejor sería que se quedara con un 10% de lo que le di, que no tener nada. Aunque el resto se lo quedara el mafioso. Top manta, bolsos, relojes o ropa, todo falsificado. Todo ilegal, como ellos. Dan pena, mucha pena, pero es verdad que aquí no pueden venir todos. Ojalá pudiéramos darles trabajo a todos, ojalá hubiera dinero para todos, pero ¡si no hay ni para los de aquí!.
 
También me pongo en el lugar del policía y del guardia civil que está en la valla o en la orilla del mar esperando que lleguen. Seguramente se les rompa el alma cada vez que ven llegar a una mujer embarazada y moribunda, a un hombre exhausto rogando clemencia, sin saber muy bien si en lo que vienen empapados es en agua o en lágrimas al ver truncados sus futuros por haber sido “pillados”. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado están formadas por personas, también son humanos con hijos, esposas y maridos y no será fácil para ellos ser el motivo del truncamiento de las ilusiones de otros seres humanos. No debe ser fácil lanzar pelotas de goma cuando son las órdenes que tienen para hacer cumplir la ley, como tampoco es justo juzgar por un hecho aislado, concreto y bastante deplorable y desacertado, a unos hombres y mujeres que han salvado más vidas que nadie, como son los hombres y mujeres de la Guardia Civil.
 

Rosana Güiza Alcaide

rosana@rosanaguiza.com