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Otras opiniones

Política

Abril 21, 2015

Por primera vez en mi vida no voy a votar a partidos de izquierda (lo que no quiere decir que vaya a votar a los de derecha); en este artículo y  en el siguiente trataré de explicarles por qué. Ser de “izquierdas” siempre me ha parecido y me sigue pareciendo una obligación ética, ¿cómo una persona de bien puede no estar a favor de que haya más libertades, más respeto a los derechos individuales, menos desigualdades, más justicia social, más protección a los desfavorecidos, más servicios públicos y mayor bienestar para todos?.


Por el contrario, ser “conservador” me parece moralmente reprobable, ¿cómo justificar a quienes están en contra de cambiar una sociedad que es evidente que en múltiples aspectos no respeta a las personas y es radicalmente injusta? ¿Qué respeto pueden merecer los “conservadores” que no quieren cambiar el lamentable mundo en que vivimos?. Ser de “centro”, es decir, tener una posición ideológica intermedia entre las dos anteriores, implica defender una situación de equidistancia entre la justicia y la injusticia,  entre el bien y el mal lo cual, por supuesto, tampoco me parece admisible.

Justicia social

Sin embargo, aunque sea un tópico, no está de más decir, porque bastantes parecen olvidarlo, que las libertades y derechos individuales y sociales que, como se ha dicho, cuánto más amplios sean, mejor, tienen un límite claro: los derechos y libertades de los demás. Por eso, cuando “Podemos” defiende garantizar el derecho a la vivienda permitiendo okupar la que otros han pagado con el esfuerzo de muchos años, no estoy de acuerdo; como no lo estoy cuando propone impagar la deuda pública en la que muchos han invertido sus ahorros, o que sean los que se desloman trabajando los que paguen la casa, la energía, el agua, las telecomunicaciones y todos los servicios imaginables, además de un salario ¿social? digno al menos igual al salario mínimo interprofesional, a todos los que decidan ser “ninis” y no dar golpe en su vida (que, lógicamente, se multiplicarán)

Y creo firmemente que la justicia social no consiste en que todos sean igual de pobres sino, aparte de en garantizar la igualdad de oportunidades, en que todos y cada uno obtengan lo máximo posible, combinando las asignaciones que directamente realice un sistema de mercado libre y competitivo (que está demostrado hasta la saciedad que es el sistema más eficiente en la fase de producción) con la máxima redistribución en servicios y prestaciones sufragados por vía impositiva que resulte posible sin desincentivar y hacer ineficiente el sistema productivo.

Fui marxista en mi juventud y defendí la socialización de los medios de producción y la gestión por el Estado, no ya de los servicios públicos, sino del conjunto de la economía. Sin embargo, después de ver los resultados en los países que aplicaron este sistema (y en los pocos que lo siguen haciendo) y, sobre todo, después de haber vivido durante más de 30 años los entresijos de nuestra gestión pública luchando desde puestos teóricamente directivos por mejorarla, de manera absolutamente infructuosa y con un alto coste personal, tengo claro que dicha gestión, al menos en un país con nuestros valores (y probablemente en general) es estructuralmente ineficiente, y que hacer todo público y a todos funcionarios, tal y como propone buena parte de la izquierda confundiendo interesadamente por razones clientelares servicios públicos y gestión pública, es el camino más seguro hacia la miseria general.

El que los funcionarios del Estado, que como es sabido podemos elegir a través de la MUFACE entre el régimen sanitario público de la Seguridad Social y el prestado por la entidad privada concertada que libremente escojamos (ASISA, ADESLAS, etc.) elijamos en ¡más de un 95%! estas últimas, pese a que su coste persona/año para el Estado sea más de un 30% inferior, me parece significativo sobre la ineficiencia de la gestión pública; como me lo parecen las largas colas en los colegios privados concertados frente a la desertización de las aulas en los públicos, pese a que en estos están sin duda los mejores profesores (los más brillantes en sus carreras que han sacado las oposiciones) que cobran casi el doble, disponen de muchos más medios y son sustancialmente más caros para el Estado. Los miles de millones que nos ha costado a los contribuyentes la desastrosa gestión y el latrocinio masivo en las Cajas de Ahorro públicas, que en absoluto se ha producido en medida comparable en los bancos privados, es otro ejemplo revelador.

El ojo del amo engorda al caballo

La experiencia demuestra hasta la saciedad que el ojo del amo engorda al caballo y que donde no hay amo, es decir, en lo público, la ineficiencia, cuando no corrupción, provocadas por la habitual connivencia de políticos, directivos, sindicatos y trabajadores para aprovecharse de lo que no es de nadie y pagamos entre todos, no es excepcional sino estructural. El asunto es claro y sin duda el debate no se produciría si no fuera por el importantísimo factor corporativista, clientelar y de generación de intereses espurios inherente a la elefantiasis de lo público; el apoyo y el voto de los que comen o aspiran a comer en el pesebre, incluso aunque el pienso escasee, está asegurado (¿cómo se explican, por ejemplo, si no es en términos de clientelismo, las reiteradas victorias electorales del chavismo en la arruinada Venezuela o la repetición del triunfo del PSOE en Andalucía después de los escándalos de corrupción con miles de imputados que ha protagonizado y de haberla situado a la cabeza de los índices de paro y a la cola de los de renta?)

El Estado debe garantizar igualdad de oportunidades, sanidad y educación universales y la más amplia gama de servicios y prestaciones que garanticen a todos una vida digna y el mayor bienestar posible, pero cuanto menos gestión pública directa y más competencia efectiva y control real en la privada, mejor; justo lo contrario de lo que reclaman cada vez con más fuerza nuestros actualmente desnortados partidos de izquierda en su descarnada búsqueda del voto clientelar, desgraciadamente mucho más fiel que el ideológico.

(Continuará)
Adolfo Barrio