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Atando cabos

Política y deporte

Mayo 27, 2012

Oigo en numerosas ocasiones, incluidos a los compañeros informadores deportivos, aquello de “no hay que mezclar la política con el deporte“. Que una cosa es el fútbol y otra la política. Que los políticos no se deben mezclar en el devenir deportivo y que los deportistas deben dejar al margen sus inquietudes políticas. Argumentos básicos generales de perogrullo. Evidentemente. Los políticos no hacen alineaciones. Ni diseñan el calendario deportivo. Ni son entrenadores, ni son presidentes de clubes (salvo excepciones). Pero no estamos hablando de eso. Ese es un razonamiento tan general como absurdo. La Política, en su más amplio sentido de la palabra, es todo. Es tanto como decir que no se debe mezclar la cultura con la política. O la educación con la política, o la actuación de la policía con la política. O todo lo que ocurre en nuestra vida diaria. La Política es desde cuándo y cómo se recoge la basura de portal de tu casa, a quién elabora los presupuestos generales del Estado.

Por esa razón es absurdo separar la política del deporte o del fútbol. Lo que hay que hacer es gestionar bien, tener sentido común y tener respeto a la normas de convivencia que todos nos hemos dado. Y esto no ha sucedido de un tiempo a esta parte.

Los nacionalismos han aprovechado el tirón del gran deporte nacional

En mi opinión la principal distorsión y falta de sentido común ha llegado desde los nacionalismos. Lo siento, es así. Los hechos lo han demostrado. Las “identidades nacionales” han aprovechado siempre el tirón del fútbol y la buena voluntad de la gente para expresar sus ideas políticas. Cuando llegó, por ejemplo, Joan Laporta, actual líder independentista, a la presidencia del FC Barcelona ocurrieron cosas que nunca, o hace mucho tiempo, habían ocurrido. Colocar la bandera independentista de Cataluña en el centro del Nou Camp. Repartir pancartas “Catalonia is not Spain” cada vez que jugaba el Barça un campeonato internacional, o hacer proselitismo de unos supuestos valores de un club que sean “más que un club“, identificando ese slogan con el independentismo. No eran hechos aislados, o promovidos desde la “libertad de expresión” de sus seguidores. Eran acontecimientos institucionales llevados a cabo desde la dirección del club. Flaco favor a los seguidores del Barça repartidos por toda España o el mundo. El aficionado de Badajoz o de Jaén, seguidor del Barça, observaba y observa como su equipo se identifica claramente con ideas políticas preconcebidas.

Llamar “hija de puta” a una Presidenta no es libertad de expresión, es una injuria impresentable

El último episodio con ocasión de la copa del Rey entregada por el Príncipe ha sido el máximo ejemplo del despropósito. No sólo por lo de pitar o insultar al himno o la Monarquía, que aquí, efectivamente, puede haber dudas sobre la aplicación de la libertad de expresión. En la final, lo más grave, en mi opinión, fueron los constantes insultos e injurias a la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre. La repuesta a sus palabras no fue proporcional. Días antes, Esperanza Aguirre no llamó “hijo de puta a nadie, dijo su opinión sobre las consecuencias de pitar un símbolo de la Constitución, suspender y aplazar un partido como se hace en Francia. Que podrás estar de acuerdo o no, pero desde luego sin insultos.

Al igual que el día anterior a esas palabras, los grupos nacionalistas en el Congreso de los Diputados expresaron su deseo, mínimamente secundado, de oficializar las selecciones nacionales de Cataluña, País Vasco, o Galicia. Pero la otra respuesta, del insulto por el insulto, deja en evidencia cualquier otra razón. Llamar hija de puta a una Presidenta no es libertad de expresión, es una injuria impresentable. 

Juan de Dios Colmenero es Redactor Jefe de Nacional de Onda Cero Radio