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¡Qué fuerte!

Pasión futbolera

Mayo 2, 2013

No soy asidua a eventos deportivos en directo aunque, de vez en cuando, asisto a alguno; fútbol más que nada y, eventualmente, tenis y baloncesto. No soy una persona pasional en cuanto a lo deportivo, es decir, me gusta un equipo, soy de el, pero no tan radical como ser anti otros equipos o tomármelo tan a pecho como hace mucha gente. Soy del Real Madrid, pero si el Madrid es eliminado  de una competición europea, me alegro de que gane otro equipo español. Ser del Real Madrid no me hace ser anti Barça ni anti Atlético de Madrid como muchos madridistas o como otros muchos de estos dos equipos lo son con el mío. Como tampoco me hace aceptar como palabra de Dios cualquier cosa que venga del equipo solo por ser de el y defender los colores a muerte. Todo esto viene porque el pasado martes viví en el Santiago Bernabeu la semifinal de la Champions del Real Madrid contra el Borussia de Dortmund y vi algunas cosas en la afición que me avergüenzan, así como otras muchas que me enorgullecen, la mayoría. La manera de animar al equipo hasta el final y vivir con la pasión que todos vivimos los últimos ocho minutos de infarto es inexplicable. La manera tan digna de abandonar el estadio habiendo rozado el cielo con la punta de los dedos hace que esta afición sea grande, muy grande.

Dando la nota

La actitud de una afición dice mucho de un equipo pero siempre hay unos cuantos que dan la nota, que bajan el listón, que quieren ser protagonistas y hacerse los graciosos. Esos que cantan, a cuento de nada, “puta Barça oé”, que van con los ojos a punto de estallarles y con las manos llenas de litros de cerveza o de cubatas, que insultan, provocan y, a la más mínima, la lían. Esta gente, la mayoría de ellos niñatos inconscientes y sinvergüenzas, que con su comportamiento indigno afean y estropean un evento deportivo. Deporte es eso, competición, lucha, esfuerzo pero también respeto y deportividad, cosas que estos niñatos no entienden. Y no me vale justificar un grito porque ellos jaleen “puta España” porque yo no me pongo a la altura de los que insultan. No grito porque otros lo hagan. No insulto porque otros lo hagan. Por eso, ambas actitudes son reprochables.

Otra cosa que no logro entender es como todavía hay gente dentro del madridismo que defiende a Mourinho a muerte. Un tipo que cada vez que abre la boca lo hace para ensalzarse a sí mismo, cuyo orgullo y egocentrismo no cabe en el Bernabeu, y que justo después del partido del martes prácticamente deseo estar ya en la liga inglesa, en el Chelsea exactamente. Un entrenador que se atreve a castigar por sus declaraciones o actos a jugadores de primera línea del equipo pero que no hay quién lo castigue a él cada vez que ofende a un madridista y al equipo con sus palabras. Parece que está deseando que lo echen, bueno, no, mejor dicho, es tan chulo y prepotente que antes de que esto ocurra, el adelanta veladamente sus deseos para que parezca que es cosa suya y no decisión del club. Ya veremos que pasa. Nunca un entrenador tuvo tan dividida a una afición. Los extremismos en todos los sentidos no son buenos, no lo son en la política y tampoco lo son en el deporte. Damos la vida por un equipo o por un partido, somos capaces de pelearnos por unos colores o por una ideología política, discutimos por no coincidir en una opinión deportiva o política. Gritamos e insultamos por defender a una gente que cobra millonadas por dar patadas a un balón o por mal gobernarnos pero luego, muchos de los que gritan no llegan a fin de mes. Así es la locura del fútbol, como la de la política. Amor y odio. Pasión en definitiva.     

Rosana Güiza Alcaide