Menú Portada
Mi Tribuna

Pasen y vean la gran hipocresía del fútbol español

Diciembre 8, 2014

Han tenido que ocurrir los incidentes violentos en los alrededores del Vicente Calderón para que los dirigentes del fútbol español, en connivencia con la secretaría de Estado para el Deporte, tomaran el pulso a un mal endémico que no es de hace una semana. Ha tenido que morir una persona, ultra o no, para acelerar en diferentes decisiones que avergüenzan porque se toman en pasado. La gran hipocresía de esto que llaman el deporte rey ha retratado a sus directivos. Apenas hace ocho días estaban completamente de perfil ante un problema conocido.

Los movimientos ultras camuflados dentro del fútbol, repito, no son nuevos y sus principales mantenedores son aquellos que se han pasado esta semana de reunión en reunión intentando adornar de firmeza un completo pasotismo de dejarlo estar. ¿Por qué? Interesaba saber que estaban ahí, supuestamente controlados. En buena medida, el origen está dentro de los propios clubes y, principalmente, de sus presidentes. A los radicales se les ha mimado en su momento; han tenido ventajas con respecto a otros socios o abonados con espacios reservados y financiación de desplazamientos. Han sido, en resumen, ese grito necesario que necesitaba el presidente de turno para tener controlada a la grada.

El fútbol español hace tiempo que está en decadencia, como buena parte de nuestro deporte cuya buena salud global y puntual en resultados se sustenta en base a talentos individuales que han servido como anclaje a una generación capaz de soportar el empuje de su liderazgo. Pero esa es otra cuestión para analizar más detenidamente. El fútbol en España es el negocio de las televisiones que imponen horarios y marcan favoritismos deportivos en función del reparto de dividendos. Es impensable que la hegemonía de Real Madrid y Barcelona se interrumpa por mucho tiempo. Si lo hace, será porque aparece en escena el tercero que más dinero recibe de la televisión: el Atlético de Madrid.

Estadios con calor de importación

Esos estadios, salvo las excepciones conocidas, con sus aforos a medias siempre han necesitado un calor de importación. En su momento, los hoy conocidos como movimientos radicales, fueron considerados unos fanáticos de sus colores. A ellos se les sumaron ideologías políticas y a esa ideología una manera de entender el deporte y los ánimos a su equipo que ya añadía violencia. Apenas hace ocho días hemos vivido la brutal  quedada entre aficiones que se saldó con un hincha del Deportivo muerto. Pero no nos resulta extraño recordar episodios de autocares apedreados o incidentes entre hinchadas con heridos y detenidos.

Con un entierro de por medio, los directivos se echan las manos a la cabeza y empiezan a parir ideas definitivas para erradicar a estos grupos de los campos de fútbol. A buenas horas. La denominada mejor liga del mundo es tan solo una liga dual entre Ronaldo y Messi, el Madrid y el Barcelona, con algún artista invitado de cuando en vez. La denominada mejor liga del mundo no se va a atrever nunca a quitar puntos o descender de categoría a los dos grandes si alguna vez pasa algo grave en sus estadios. Precisamente porque ya no los necesitan, estos  fueron pioneros en expulsar a sus ultras. Pero ellos juegan en otra dimensión y el problema está un poquito más abajo, en estos clubes dirigidos por unos hipócritas que denuncian la violencia mientras asisten al funeral de los caídos en una estúpida batalla de fanatismo y política que nada tiene que ver con eso llamado fútbol.

Félix Ángel Carreras
Director de Tribuna Valladolid