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Otras opiniones

París, cine y luz: para hablar con las mujeres en francés

Julio 8, 2012

Aterrizo en uno de los cuatro aeropuertos de la “ciudad de la luz”, sobrenombre atribuido al gran derroche que se hizo para dotar de iluminación los espacios públicos en los tiempos de Luis XVI. Desde los Campos Elíseos, pasando por la Rue Rivoli hasta La Defènse coronada por su arco del triunfo, moderno emblema de poder y un tanto resultón y apabullante, se tiene la certeza de que algo importante se ha cocinado en esta insigne villa.

Los grandes pensadores que alumbraron la época de la Ilustración –Voltaire, Diderot, Rousseau-, con sus cabezas maqueadas y adornadas con cenicientos rizos, ya vislumbraban un leve atisbo de claridad en los palacios que jalonaban los cientos de pequeños jardines de la ciudad junto al Sena antes de que la Revolución acabara con aquél singular modo de entender la vida.

El Louvre, un icono

No he vuelto a pisar París desde hace algún tiempo, pero la impresión desde años atrás es que resulta difícil imaginarme el Louvre sin su pirámide de acceso, en el patio central de herradura, concebida por el gran arquitecto Pei para dotar al museo más reputado de la vieja Europa, de un icono que atrajera más aún al visitante, y que lo convirtiera en un lugar todavía más concurrido de lo que ya lo era.

El vidrio, dividido y fragmentado de los cientos de triángulos que constituyen  la piel exterior de cada una de las cuatro caras de la gran pirámide que, transparente, deja entrever las ordenadas entrañas del mundo subterráneo por el que pululan cada día miles de extranjeros que recorren las alas del enorme complejo-palacio. Recuerdan, a menudo, las galerías oscuras que excavan los topos y que son verdaderas fortificaciones repletas de laberínticos pasillos subterráneos llenos de  tesoros. Así es el Museo del Louvre por debajo, así es también el pequeño complejo de Les Halles junto al Centre Pompidou y así es el mundo que rodea las historias más sagradas de Nôtre Dame en el centro del barrio latino –quartier latín- de París; una continua y verdadera sorpresa.

Para hablar con las mujeres, en francés

Al rey Carlos I de España (y V de Alemania) se le atribuye la frase: “Hablo en italiano con los embajadores; en francés, con las mujeres; en alemán con los soldados; en inglés con los caballos y en español con Dios”. Es del todo acertado pensar que las parisinas nos puedan llegar a enamorar con su idioma mientras nos susurran palabras bonitas al oído, que aunque no comprendamos exactamente qué quieren decir, resultan  siempre embriagadoras. Nadie negará que no es mucho más bonito que te digan “mon petit fromage” en vez de la castellano-manchega expresión “quesito mío”.

Pero es justamente en otro lugar, alejado del bullicioso centro, de La Bastilla o del Teatro de la Ópera, de la Tour Eiffel y los Jardines de Trocadero, donde se han rodado y se continúan rodando las increíbles películas que hacen que París siga siendo el emblema del amor y de la luz a los ojos del mundo, compitiendo muy de cerca con Roma donde la propia Audrey Hepburn ya estuvo de vacaciones una vez.

¡Te amo pero también te odio Paris!

Este sitio sin duda es Montmartre (el Monte de Marte), y gracias a que se encuentra en una colina posee unas espléndidas vistas sobre el resto del París que la circunda. El barrio que ha quedado hoy es el resto de un floreciente pasado de artistas bohemios y de eventos culturales alternativos que perduran en el recuerdo de los parisinos. De hecho, el cine del visionario francés Jean Renoir, oriundo de Montmartre por cierto, está siempre presente en sus calles jalonadas de lienzos de colores de los más variopintos artistas, de bares y restaurantes en los que uno siempre puede probar mil sabores diferentes y, como no, inmiscuirse en la teatral vida de este peculiar barrio donde uno no puede olvidarse de visitar los museos dedicados al surrealista Dalí o la casa donde, por algún tiempo, residió el “loco” y “pelirrojo” Van Gogh.

El propio Renoir plasmó de manera muy acertada en su primera gran película –La Golfa (1931)-  lo que verdaderamente significaba la vida en Montmartre con todas sus virtudes y todas sus miserias; reflejando de manera cruel y realista, la triste vida del protagonista, un pseudo-artísta que decide probar sus dotes como pintor, acompañado de una prostituta de la que se enamora, dejándose la piel y el dinero en el intento entre tanto arte y cultura.

París es un “ente” donde se mezclan multitud de historias cosmopolitas, sensaciones cinematográficas, luces y sombras y donde los sentimientos que florecen: amor, odio, frustración, euforia o desamor, son el hilo conductor de esta maravillosa y odiada ciudad, impresión personal, que me ha dejado su impronta para bien o para mal.

Libertad, Igualdad y Fraternidad se cuelan por los poros de la piel cuando visito sus calles, plazas, parques y jardines o cualquiera de sus emblemáticos edificios históricos.”Je t’aime bien mais je aussi te déteste Paris! (¡ Te amo pero también te odio Paris!)

 
Antonio Lambea Escalada, arquitecto y perito colegiado COAM 14758