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A renglón seguido

Paco de Lucía: peninsular y de la Isla

Marzo 4, 2014

Tiene la muerte cierta querencia a enfrentarse con la vida, y tarde o temprano tiende su fría mano, para salirse con la suya; o mejor dicho con la nuestra. Así ocurre desde que el mundo es mundo –incluso sin Pedro J. al frente-, y su inexorabilidad se nos presenta cada día en el acontecer de la rutinaria pelea en la combatimos por vivir ó sobrevivir, dependiendo del continental origen de cada uno.

Uno de los últimos éxitos de la parca ha aparcado en primera fila del patio de butacas andaluz, invitándonos al riguroso estreno sobre el escenario de la privación de nuestra mortal existencia, y teniendo lugar dentro del mundo del espectáculo andalusí; más concretamente en el ámbito musical.

Por el amor al arte de la paternidad brindado por un tal Antonio en connivencia con la convivencia de una tal Lucía “la portuguesa” –no “la portuguesa María” (Carlos Cano) con su luso desenfadodesde Ayamonte hasta Faro”-, fue alumbrado como gaditano, a todas luces, Paco de Lucía, para ser conocido de norte a sur y “de Algeciras a Estambul”.

Tras dar sus primeros palos al agua, descubrió que, aun llamándole los de Moguer y de la Frontera, los verdaderos palos que repicaban a la puerta de su adolescente curiosidad, eran los del flamenco, que engarzó en su juventud con Camarón; curiosamente uno peninsular y otro de la Isla.

Autodidacta, virtuoso e improvisador

Mientras sus paisanos se dejaban los nudillos y las palmas entre noráis y maromas de bahía, él tendía las redes de la creatividad desde su alma, haciéndonos cautivos y desarmándonos con su instrumento, al que sangraba la resina de la alegría sobre corteza del lamento. Autodidacta, virtuoso e improvisador con ausencia del ortodoxo conocimiento de escritura y lectura sobre el negro pentagrama que se tizna con las siete notas, como las estampadas por Leonard  Cohen en su “bird on the wire”; como pajaritos descansando sobre cinco cables.

A su bautizo interpretativo le siguió la singladura de la navegación “entre dos aguas, capitaneando a toda vela el mástil de su guitarra; con la caja bien templada mesaba y desenredaba los tirantes seis cabellos presos de la cejilla, y estirados por las clavijas del sentimiento. Seguro que tenía cuerda para rato, pero para los bordones de la vida no hay repuesto, porque no existe cartel de hasta fin de existencias; en su lugar, reza hasta el fin de la existencia, instante en que el Supremo director de orquesta prescinde tempranamente del instrumentista.

La Tacita de Plata, huérfana

La Tacita de Plata queda huérfana de una de las piezas más valiosas de la bandeja de su ajuar cultural, quebrándose el asa de los rasgueos, haciéndose añicos el caolín del reconocimiento ciudadano, que había modelado al mito –mitad hombre y mitad guitarra- capaz de enmudecer al público, sin abrir la boca, y acallando algunas ajenas por el atrevimiento de la innovación en su musical disciplina.

El flamenco es una música, que nunca fue a la escuela; es un bien de la emoción”, decía-.

Paco de Domingo