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Otras opiniones

¡Oh, rancia Navidad!

Diciembre 3, 2009

¡Madrid parece ‘El Corte Inglés’! Ya están aquí las Navidades, ya están aquí. Otro año más, las calles de la capital de España cambian de color al mismo tiempo en que los estridentes villancicos se clavan con fuerza en nuestros tímpanos. Es el mismo rollo de siempre. Los centros comerciales hacen su agosto, en el ambiente reina un absurdo espíritu de bondad que nadie cree y los problemas parecen serlo menos. Cosas incomprensibles. No es la única, pues en época de crisis existencial y económica, nuestros ayuntamientos tiran la casa por la ventana para, entre otras cosas, desviar la atención de esos asuntos que verdaderamente interesan o tienen más trascendencia en nuestra sociedad.
 
Lucecitas rotas
 
El otro día comentaba mi gran amigo Juan Losada, yerno de Esther Koplovitz y un cantante cuyo estilo sobre las tablas me vuelve loco, que esta manía estúpida de encender las lucecitas que dan color al frío Madrid un mes antes de las fiestas, es cuanto menos ridículo. Es cierto que los niños se quedan embobados, con los ojos como platos y dejando caer sus babas por las comisuras de los labios mientras se hipnotizan con el parpadear de las bombillitas, pero también les ocurriría lo mismo si, de repente, los renacuajos leyeran las astronómicas cifras que hay que abonar para revestir una gran ciudad. Estoy convencido que a más de una criatura se le saldrían los ojos de las órbitas, tipo Jim Carrey en ‘La Mascara. Si lo que se pretende es revivir el espíritu navideño y que los menores de edad sonrían eternamente, sería más recomendable que el Ayuntamiento de Madrid destinara tanto despilfarre a arreglarle la vida a esos pobres niños que fallecen de inanición o mueren a chorros de desesperación esperando en una sala a que se les atienda en un hospital público.
 
Terror en el Hospital
 
Esa es otra. El desastre de nuestra sanidad pública y privada empieza a ser preocupante. El otro día sufrí un problema gastrointestinal con alta fiebre y preocupantes tembleques y decidí, deshidratado perdido, refugiarme en los brazos de los doctores de la clínica Virgen del Rosario de Madrid. Pensé que acudir a un nosocomio privado me evitaría las infumables colas de espera que hacen famosos a nuestros centros sanitarios públicos. Qué equivocado estaba. Después de casi tres horas sentado en una silla, rodeado de otros enfermos que llevaban allí desde media tarde, decidieron atenderme. Pedí una hoja de reclamaciones, quizás porque entendí que dejar allí tirado a un paciente con casi 39º de temperatura era todo un despropósito. Busqué un paracetamol, pero nadie me lo quiso dar. La sorpresa llegó cuando una mozarrona de edad avanzada, que limaba sus uñas con cierta premura, me instó a que permaneciera sentado porque en el centro no había hojas de reclamaciones. Parece broma o cachondeo, pero es realidad. Ya ni siquiera sacando la chequera Nos intentan tomar el pelo. Así nos tratan a los ciudadanos de a pie.
 
Saúl Ortiz es periodista y novelista